El tiempo pasa y todo cambia, nada permanece igual. A veces quisieramos
retener vivencias, personas, circunstancias, pero somos tan solo
testigos silenciosos del transcurso de
los días. Anochece y amanece de nuevo. Nuestro calendario suma días sin
pedirte permiso. Somos como aves migratorias buscando un norte, un
sentido, una corriente de aire, una señal en el cielo que nos muestre el
rumbo. Somos poetas pescadores, esperando atrapar un pensamiento, que
nos inspire. Somos pintores, que tomamos el pincel para plasmar en el
lienzo de la vida, colores y formas, diferentes, que nos hagan soñar
con la esperanza, que nos permitan visualizar un mundo nuevo.
Somos
artesanos, alfareros, queriendo moldear el barro de nuestra existencia,
efímera, con asperezas en el alma, las huellas del dolor , fieles
cicatrices de nuestro paso por esta tierra.
Lágrimas y risas, placer
y dolor, amargura y consuelo, ingredientes que nos recuerdan que aún
seguimos con vida. No se trata de tener, se trata de ser, de sabernos
vivos.
Miro el espejo, mi cuerpo cambia, mi rostro no es el mismo, pero mi mente sigue presente, aprendiendo, soñando.
Somos águilas, que elevan su cuerpo en el firmamento, que ven el futuro con mayor agudeza.
Somos hombres, sentimos, amamos, nos cansamos. }
El tiempo pasa, sin preguntarnos si puede seguir su marcha. No necesita
pedirnos permiso. Nosotros somos solo caminantes, que tuvieron el
privilegio de conocer este universo, ver las estrellas, sentir el frío,
saborear un rico postre.
El tiempo se burla, irreverente, de la
codicia, del jactancioso, del que se ufana en sus bienes materiales, del
que se cree suficiente por sus conocimientos. El tiempo se mofa, a
carcajadas, del que se amarga por lo que no puede cambiar, de aquel que
en necedad, cree tener el control de las cosas.
Solo somos humildes testigos, polvo en el viento, rocío de la mañana, somos cenizas y somos fuego.
¿Late mi corazón? ¿Siento? ¿Veo? ¿Huelo? ¿Tengo sed? Estoy vivo. Entonces tengo más oportunidades que todos los muertos.
No lo percibo, no estoy conciente, de este privilegio. ¿Merecido? Tal
vez no. Pero otro día más, el de arriba me ha concedido vivir. Otro día
mas, no quiero que pase en vano.
Páginas vistas
Mostrando entradas con la etiqueta poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta poesía. Mostrar todas las entradas
lunes, 18 de abril de 2016
domingo, 29 de marzo de 2015
Si pudiese retroceder el tiempo
Si pudiese retroceder el tiempo habría muchas cosas que haría de nuevo, pero con más calma.
Me sentaría un tiempo más largo a escuchar a mis abuelos. Les haría más preguntas, indagaría los detalles de sus historias. No buscaría tanto llamar la atención, más bien ser un oyente más curioso de su memorias.
Viajo en el tiempo y me gustaria sentarme otro poco más en la sala de mis abuelos, junto con todos los demás: tíos, primos y conocidos. Reir, celebrar juntos ese instante único, mágico, irrepetible, de mi infancia tangible ante sus ojos, cansados pero sinceros.
Las salas modernas, elegantes, con diseños novedosos, costosas, llamativas...¿De qué sirven si nadie las habita? ¿De que sirve un asiento vacío que no tiene personas que sean testigos de aventuras, delirios, sueños y dolores? ¿De que sirven las casas grandes sin familias? ¿Los espacios cómodos sin narradores, conversadores, distintos personajes del afecto del alma?
No son los objetos que hacen una casa. Son las personas, las de carne y hueso, las que podemos ver, oler, sentir y compartir una estruendosa carcajada, luego de escuchar un hilarante recuerdo. Sentados juntos, cerca a la chimenea, en una noche de navidad. Compartimos. Vivimos juntos. Lloramos. Nos damos la oportunidad de ser inoportunos, el uno al otro, con comentarios, a veces tontos.
Pero estamos siendo testigos mutuos de nuestras vidas, en la sala, o en el comedor, comiendo algo delicioso, algo que solo la abuela sabe preparar. Algo en cuyas manos, con un arte singular, nos conquista el alma a través del gusto. Queda sellado como un tatuaje en nuestra mente, olores que años más tarde podemos recordar, en momentos sagrados, por un segundo tal vez, sea suficiente.
Si pudiese retroceder el tiempo me sentaría a la mesa de nuevo, con mis abuelos, padres y tíos. Sentiría el calor de un chocolate caliente que humea, un trozo de queso que se derrite en su interior. Escucharía las risas de nuevo, jugando cartas, escuchando las historias de siempre, los chistes viejos una y otra vez. Esas historias graciosas que hacen que te duela el estómago. Valdría la pena. Y ya no tendría tanta prisa. Ya no saldría corriendo. Escucharía con más atención y haría otras preguntas más.
Si pudiese viajar en el tiempo volvería a ese lugar, a esa sala vieja, pero llena de gente. Solo que lo haría con mas calma.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)