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domingo, 4 de enero de 2015

Aún puedes ser feliz

Aún puedes ser feliz...pero no a la manera como algunos te han vendido la idea de felicidad. Porque primero debes preguntarte ¿Qué es la felicidad? ¿Ambición? ¿Satisfacción? ¿Reconocimiento? ¿Dinero? ¿Aceptación? ¿Una vida fácil y sin esfuerzo? ¿Ser el protagonista de una postal paradisiaca? Hay que reorganizar las ideas que se alojan en nuestra cabeza. Tal vez existan sueños arraigados en nuestra mente, que ya caducaron, que no tienen sentido, que fueron heredados, o simplemente eran ajenos y en algún momento los apropiamos como nuestros, pero que hoy día carecen de significado o sentido. Son sueños parásitos, inquilinos ocultos que ya no justifican su permanencia en la bodega de los anhelos que residen en nuestro interior.

¿Qué te hace feliz hoy? Cada día cambiamos. Cada hora envejecemos. Cada minuto estamos evolucionando. No somos los mismos de ayer.  ¿Qué es lo que quiero? ¿Qué es lo que necesito? ¿Cuántos anhelos están apoyados en caprichos egoístas? Hemos sentido ese vacío cuando obtenemos algo que quisimos con todas nuestras fuerzas, para descubrir que no era gran cosa. Es porque confundimos los ideales con las idealizaciones. Los anhelos con las obsesiones. Nos comparamos y ahora más que nunca estamos expuestos, y siendo testigos permanentes de lo que sucede, en apariencia, con la vida de los demás. Creemos que debemos llenar una medida. Creemos que no nos podemos quedar atrás. 

"Yo también necesito tomarme una selfie con la Torre Eiffel de fondo". Pensamos que es indispensable en nuestro registro fotográfico. ¿Y...a quién le importa? Porque ahora estamos todos conectados con las redes sociales, las cuales, paradójicamente son la mejor apología de la soledad. Deberían llamarse las redes solitarias. Vemos fotos, de personas que nos comparten su felicidad y nos recuerdan que de algún modo, algo nos falta para completar el rompecabezas de la nuestra. Tonterias. ¿Qué te hace feliz? Eres único. No necesitas que una cámara registre tu vida.  Como un reality largo, del cual debemos dar registro...¿a quienes? A los otros...los que nos miran desde otra pantalla. ¿Qué mas da? 

Aún puedes ser feliz. Y  no necesitas comprar fórmulas mágicas al charlatán de turno. ¿Algo te obsesiona? Si algo te obsesiona eso no te hará feliz. Las obsesiones te enferman, te esclavizan, te humillan. Roban lo mejor de tí para un objetivo que al fin de cuentas de deja vacío. Las idealizaciones son espejismos. Son ideas que tu añades a la realidad, para hacerla más aceptable, más llevadera, más placentera. La realidad es a veces, un poco amarga al paladar. La realidad no siempre es algo que todos quieran. Es mas atrayente el engaño. La mentira es como una droga que adormece y esclaviza. Es  mas fácil caminar entontecido, embriagado con las falsas ilusiones, que poder caminar con los pies en la fria realidad.

¿Qué quieres comprar con tu dinero? ¿La felicidad? ¿Puedes comprar el amor? Tal vez puedes comprar voluntades. Buenas actuaciones de personas que pueden fingir amarte, pero al fin de cuentas solo será eso: una muy buena actuación. El amor genuino no necesita que le endoses un cheque. El amor verdadero no surge de una transacción comercial. A menos que ese sea tu objetivo en la vida. Al fin de cuentas es tu decisión. Es tu decisión estar embriagado o en las drogas. Es tu decisión ser un  promiscuo. Es tu decisión pero no pretendas fingir que eres feliz. Húndete en el fango pero no arrastres a los demás contigo. Aún puedes ser feliz. Ser esclavo no lo es. Porque la felicidad está en ser libre. Algunos dirán: soy libre de escoger ser un esclavo. Sí claro. Es tu decisión. Has escogido ser un infeliz y eso también es respetable. 

Para los que sin embargo quieren la felicidad, entonces no corras tan lejos.Como si la felicidad estuviese en un lugar remoto. En realidad, está muy cerca. Aprende a escuchar. Cálmate. No corras ansiosamente. ¿Cuál es la prisa? ¿Necesitas dinero? No dejes que las cifras y las cuentas te hagan perder la percepción de la realidad. Calla por un instante. Hemos idealizado personas, hemos idealizado ideologías. Nos hemos obsesionado con lugares, trabajos, objetivos que hoy ya carecen de sentido alguno. Están vacíos. Se te olvidó lo que te hacía feliz porque perdiste la sensibilidad.  ¿Comes a toda prisa? Disfruta ese trozo de comida. No te limites a sobrevivir. 

Siente. Siente el agua fría que recorre tu garganta en ese día caluroso. Oye. Oye y escucha a esa persona que quiere contarte algo. Tal vez no sea la mejor historia, pero esfuérzate por prestar atención. Porque tú también puedes hacer feliz a otra persona. Gran parte de nuestras infelicidades están en nuestro egoísmo. Estamos tan obsesionados con nuestra felicidad, que no hacemos felices a nadie. ¿Son parte de una escenografía? ¿Son los extras en la película de nuestra vida? Porque  en realidad, al perder la sensibilidad, no reconocemos al que está al lado nuestro. ¿Qué sucede en la vida de ellos? ¿Sufren? ¿Lloran? ¿Rien? ¿Son felices? Cuantas veces tenemos la llave de la felicidad de alguien y preferimos guardarla. Somos infelices porque no ayudamos a otros. Y a veces, se trata de algo sencillo. Un saludo, un abrazo, una sonrisa...hacen la diferencia.

Aún puedes ser feliz y no necesitas tantas cosas. Cuando soltamos nos liberamos de cargas. Mientras menos necesitas, eres menos esclavo. Depender de algo, es llevar una carga a nuestras espaldas. Si sueltas, te liberas, aligeras la carga, el camino se hace llevadero. Si piensas como un necesitado, ese será tu derrotero: la mentalidad del mendigo. Si piensas como una persona dadivosa, que no tiene apegos, entonces tu destino será cada vez más asombroso. Serás indispensable, serás un ser humano valioso, alguien necesario en este mundo atribulado. No necesitas ser otra persona, sé tu mismo. Hoy calla y escucha el silencio. Busca las respuestas en tu interior. ¿A qué estas aferrado? Si agarras con tanta fuerza aquello que crees te hace feliz, demuestras que no confías. Que estás atemorizado. Te aferras con tanta fuerza a la vida, y la vida misma algún día te dejará ir. Entonces reconoce con humildad que no puedes. Que no puedes prolongar tu vida ni un solo segundo. Que tus días están contados. Y no como una sentencia, sino como un acto de realidad, de sencillez.

¿Preocupado? ¿Para qué? La tierra no deja de girar. Los aviones no se sostienen por la preocupación de sus pasajeros. Hay principios que rigen el universo. Y la preocupación no hace parte de las leyes de la física ni la química. En conclusión no sirve de nada. Decide entonces ser feliz, responsablemente feliz. Irresistiblemente feliz, aunque alguno que otro amargado no resista ver tu sonrisa. No hagas cara de amargado, para encajar entre los amargados. No opaques tu rostro, cuando el día esté opacado. La lluvia no tiene porque doblegar tu felicidad. Entonces, canta bajo la lluvia.

¿Es fácil? No. Y así es mejor. Porque aquello que representa esfuerzo al final te da un sentido de logro. Hay muchos infelices que lo son, porque su vida no ha tenido desafío alguno. Muchos niños, que lo han tenido todo, a quienes no les negaron ningún capricho, son los futuros infelices, vaciós, frustrados del mañana, porque su vida careció de retos, de aventuras, de algo que les diera una razón de ser. No busques la felicidad en la frivolidad del facilismo. Es algo que al final te llenará de tedio e insatisfacción. 

Entretenimiento no es felicidad, es distracción. Es postergar un poco la realidad. No está mal un poco de entretenimiento, pero para algunos es una enfermiza obsesión. Como una droga. Adictos por el entretenimiento. Distraídos. Solo postergamos nuestro propósito. Puedes divertirte, pero se te puede pasar la vida entera entretenido, distraído,  viviendo una vida inútil.

Tu decides lo que quieres hacer, aún puedes ser feliz. O si lo prefieres, dejarte arrastrar por la infelicidad. Y la infelicidad no requiere esfuerzo alguno, solo es dejarte llevar por la corriente. Es no esforzarte, es querer ser del montón. Es conformarse y resignarse.

Hoy decide esforzarte por ser feliz. Claro está, si tu así lo has decidido. Un paso a la vez. Siendo sensible a las palabras que te pueden levantar y omitiendo aquellas que son tan solo basura. Porque las buenas palabras te puede reconfortar. Los buenos libros te ayudan a elevar tu espíritu. Las buenas conversaciones estimulan tu mente, tu intelecto, tu alma. Los chismes y las quejas solo ensombrecen tu carácter, te amargan el día. Rodéate de buenos libros, pero también de buenos amigos. Son ellos los que pelean contigo la batalla. Los que te ayudan a caminar cuando estás extenuado. Rodéate de palabras positivas, amigos valiosos y libros buenos. Desecha aquello que no te sirve. Aprende a distinguir la basura de los tesoros. 

La oportunidad llama a tu puerta. Hoy es un nuevo día. No sabes si mañana estarás con vida. Pero hoy, te digo, que vale la pena intentarlo. Una vez más. Otro respiro más. Otro pensamiento que te llevará a tu meta.

Amigo, amiga: no se si algún día logres tus objetivos, no sé si algún día conquistes tus sueños. Pero por lo menos déjame saber que lo intentaste, que diste lo mejor, que diste todo el esfuerzo y que no te guardaste nada, que no desperdiciaste energía que luego ya no puedes recuperar. Que lo intentaste y corriste tu propia carrera.Que superaste tu propia marca.  Tu conciencia limpia, tranquila, llena de paz, podrá decir: lo intenté y lo logré. No por los resultados solamente, sino por aquella persona que hiciste de ti misma por haberlo intentado. Te darás cuenta que habrá valido la pena. Entonces la felicidad te abrumará y podrás descansar de tu largo camino.

jueves, 1 de enero de 2015

Amanece...

Amanece y estás despierto en otro año. SIn pedirlo, sin solicitarlo, sin embargo, la vida te da otra oportunidad. Podría ser otro día mas, como cualquiera. O podría ser el inicio de una nueva aventura. La vida tiene muchos finales pero también nuevos inicios, y los inicios son la oportunidad para llenarnos de ideales, de proponer cosas diferentes, de crear, de planear, de saber que podemos hacer las cosas de otra manera.

La sombra del fracaso es tan solo eso, un espejismo que quedo anclado en los sucesos del año anterior. Un año que, como cualquiera, tiene altibajos, impases, tristezas y alegrías. Pero cuando pasas la página del año anterior, está en tus manos hacer que el siguiente sea algo diferente. No porque las constelaciones así lo dictaminen, sino porque tú así lo has decidido. Pues son las decisiones, las que sin lugar a dudas, nos van trazando la ruta, una ruta con mucha incertidumbre, por nuestra propia realidad humana: somos seres débiles, no conocemos el futuro. Pero lo podemos intuir, lo podemos proyectar y le podemos inyectar esperanza.

No sabemos que depara el mañana. Por experiencia, ya sabemos, que vamos a pasar por situaciones difíciles, por dificultades, sentiremos en ocasiones desmayar. Ya tenemos la experiencia de saber que esta vida en sí misma es lo suficientemente complicada, para que los "buenos deseos de la publicidad" nos lleguen a confundir. Bueno, a algunos sí. Algunos bolsillos vacíos sí. Pero el caminante experimentado sabe que sus pies sentirán eventualmente las espinas, pero tambíen ha escuchado el silencio de un bosque lleno de hojas secas.

La esperanza nos dice, sin embargo, que a pesar del mal hay noticias buenas que se esconden tras las nubes oscuras. La esperanza nos llama, susurrándonos en medio del ruido de la ciudad caótica, que un nuevo día viene. Las sombras del temor quedaron ancladas al año anterior, pero tú decides si te quedas anclado también. El caminante experimentado, el caminante de mil batallas, sabe que debe apresurar su paso. Amanece, recoge su lecho y sigue su travesía. Sabe que su destino está hacia adelante y que es necesario levantarse, no quedarse postrado. Tal vez sus piernas están cansadas, pero no es su cuerpo quien lo lleva únicamente sino el anhelo que palpita vivo dentro de su corazón. Es el sueño de que mañana será un dia mejor. Que mañana habrá esperanza para la humanidad.

El caminante experimentado, aquel que no ha bajado su mirada, solo para evadir las rocas y las trampas del camino, quien se ha trazado una ruta (o las rutas que sean necesarias) para llegar a su destino final. Este caminante, no se rinde tan fácil, lucha hasta el fin.

Amanece de nuevo, luego de dormir bajo el arrullo de la brisa en medio del bosque, bajo el gran árbol que se mece tranquilamente. Algunas hojas caen sobre mi rostro. Me despiertan junto con la luz que atraviesa las copas de los árboles. Los pajarillos madrugaron a buscar su provisión. Yo tan solo me levanto, bebo agua, recojo mi mochila y avanzo por el sendero.
Es otro día.

martes, 28 de octubre de 2014

Aquel hombre

Aquel hombre dormía postrado sobre el frío andén. Una cobija era su único refugio que lo aislaba del mundo exterior, que lo afligía, que le traía a la memoria ingratos recuerdos. Una cobija raída y sucia lo cubría y un profundo sueño, un aletargamiento denso, eran su mejor antifaz contra el cruel mundo en el cual le había tocado vivir.

Y mientras dormía, alucinaba. Creía que estaba en el lugar correcto, pues su mente divagaba en mundos de ilusiones. El alucinógeno del sueño, la demencia de la indiferencia y la apatía, eran la cura temporal, de esa angustia postergada que temía confrontar.

Aquel hombre no quería despertar de su pesado sueño. Sin embargo algo lo despertó. Era la voz de alquien que él conocía. Ese alguien levantó su cobija y descubrió su rostro. Aquel hombre abrió los ojos, poco a poco, hizo la transición del mundo de los fantasmas a la realidad. Un poco sombría, pero real finalmente.

Era el rostro de alguien conocido. Era alguien que él recordaba con cariño. Era su amigo leal. Era alguien que no estaba allí para juzgarlo. No era como uno de tantos que pasaban a su lado. De esos que lo pisaban o simplemente ignoraban. No como aquellos que mirándole con menosprecio, aceleraban su paso para evitar pasar cerca de aquel miserable, pobre hombre, alguien que era indigno aún de ser mirado.

Y este amigo no lo juzgó. No lo menospreció. Lo miró directo al corazón y le dijo que se levantara. Y el hombre se levantó, un poco confuso. Y su amigo le entregó en la mano un pequeño piano. Era un piano de juguete. Y aquel hombre empezó a tocar el piano y recordó que sus manos eran hábiles. Interpretó unas notas con destreza, al punto que algunos transeúntes dirigieron su mirada a aquel hombre.  Lo miraron con asombro.

Su amigo le hizo recordar que tenía su talento guardado bajo las mantas sucias y raídas. Su amigo le recordó que su talento se estaba desperdiciando en tristes sueños arrastrados en el frio asfalto. Su amigo le mostró que valía la pena levantarse de nuevo. Que no importaba su condición actual. Y es que su amigo realmente  conocía como él era en realidad. No le importaba su aspecto, que era tan solo una fachada temporal. El sabía que en sus manos había un talento que valía oro. El ya lo conocía de antes. Su amigo, no se sabe cómo, lo encontró allí para decirle que aún podía tener otra oportunidad.

Fue entonces cuando aquel hombre, verdaderamente despertó.

sábado, 25 de octubre de 2014

Tan débil, extremadamente débil

Cuesta aceptar que soy débil, débil en extremo.
Y todo esto por un chip malsano arraigado en mi cerebro.
Testigo falso, que miente a diario
Que dice: eres bueno, perfecto...¡Y yo lo celebro!

Pero al final del día, cansado y marchito
recuerdo mi brevedad, mi debilidad, mi torpeza
el orgullo me engaña, me seduce y embriaga
clavando el puñal de la necedad con sutileza

La vanidad inevitable se expone, vil y cruda
lo superficial como un cáncer perverso carcome
 y extiende sus tentáculos de planta parásita
me asfixia hasta el alma  que grita muda

Cuesta aceptarlo, mi debilidad es latente
condición que humilla a ésta ave de paso,
la dura cerviz que el tiempo doblega
Soy visitante frágil que lleva el ocaso

Reconozco que nada soy y que nada poseo
lo único que queda es mirar al cielo
aprehender sabiduría derritiendo el hielo
de este corazón duro es mi mayor deseo


Aún las flores en su frágil esencia
Son dignas de existir, así sea un instante
la hermosura se esconde en la humilde presencia
de aquel que reconoce su pequeñez constante

Me ha costado aceptarlo, soy un ser pasajero
guardo la esperanza en un cofre amado
de encontrar la luz al final del sendero
encontrarme contigo, estar a tu lado

Bienaventurado el que reconoce sin pérfida malicia
que nada necesita, que nada codicia
Quien agradece el privilegio de solo vivir
Aquel está preparado para un digno morir

sábado, 18 de octubre de 2014

Podría resignarme a morir

Podría resignarme a morir pero aunque cierro mis ojos, mis oídos no se cansan de oir.

Podría resignarme a que la muerte se lleve mi cuerpo en las ondas de un río solitario, con una corriente casi imperceptible que se extiende al horizonte. Pero mi piel aún siente el calor que incita mi sed. Mi vientre,  como un bebé recién nacido, pide el alimento que me hace levantar del lecho y busca saciar esa hambre que de vez en cuando se asoma, curiosa, inquieta, caprichosa.

Y es que la vida  me llama, me reclama, me aturde, me duerme y luego me vuelve a despertar a la mañana siguiente con la  luz, quien sin pedir permiso, llega hasta mis ojos a través del cristal.

Podría resignarme a dejar este mundo, pero en la mente permanece la incógnita inamovible de aquello que aún no he conocido. La duda constante de saber si existe alguna razón de mi presencia en este universo. Si en algo puedo serle útil, si hay algo pendiente por hacer en esta agenda llena de aflicciones y alegrías, que fluyen incomprensibles, desde el corazón, desde la mente, o desde quien sabe de qué lugar recóndito de las entrañas de mi cuerpo.

Podría resignarme a dormir para siempre, pero mi cuerpo sigue vivo y mi respiración persiste por alguna razón. Y la desazón no es suficiente para pedir al cielo mi partida, si soy capaz de amar el llanto, el dolor y la derrota.

Podría dejar que el mundo viese mi partida, al fin y al cabo pocos se enterarían. Pero aún puedo escribir algunas palabras coherentes, entonar un par de canciones sentidas, caminar erguido por el parque y  ver el sol tímido que juega con las nubes.

Podría resignarme a morir, pero no quiero.

miércoles, 16 de julio de 2014

Solo en ese momento

De nuevo, lo pude saber
Tal vez nunca pensé que nos fueramos a encontrar de nuevo.
Nuestra separación fue dolorosa, es verdad.
Mi mente se resistía a perdonar.
Hasta aquella vez cuando en sueños te vi y te besé.
Solo en ese momento supe que, sin quererlo, te había perdonado.
Solo allí supe que nunca te había dejado de amar.

Año 2300: la era de los artefactos




Era un panorama desolador el del planeta tierra. La explosión de sucesivas armas nucleares en el conflicto  entre las naciones más poderosas, había dejado un paisaje  lleno de ruinas, escombros, dolor, pobreza, violencia y desasosiego. Las fuentes de energía estaban deterioradas en el más optimista de los escenarios. El común denominador era una lucha feroz por los alimentos y agua potable, si es que había alguna. Las madres angustiadas mendigaban por las calles, golpeando en las casuchas  improvisadas de lata, cartón o cualquier otro material que estuviese a la mano. Preguntaban por un pedazo de pan, por algún suministro de líquido, para llevar de vuelta a sus casas. En ocasiones retornaban frustradas con las manos vacías, mientras los niños lloraban hambrientos, con su aspecto lúgubre y desnutrido.

Las ciudades estaban separadas entre sí, por la ausencia de comunicaciones y transporte. Los vehículos tradicionales ya no servían por la ausencia de petróleo, y la electricidad era muy limitada, pequeños generadores  reutilizados proveían a ciertos sectores que cubrían algunos escasos metros a la redonda, administrados por infames vividores que cobraban su servicio en dinero o especie. En realidad el dinero había perdido su valor y el trueque había recobrado su importancia. La gente  intercambiaba cualquier cosa que estuviese a la mano: viejos electrodomésticos, enlatados, herramientas, vestuario, etc. Pero el bien más preciado era el agua y en general cualquier alimento que estuviese a la mano.

La Gran Ciudad no estaba exenta de este tipo de vivencias. Pequeñas comunidades  dispersas al interior de la misma, empezaron a surgir de forma espontánea, agrupados según su cercanía. Vecinos que nunca se habían visto el rostro, salieron a las calles luego de las explosiones. Los que sobrevivieron. Se reunían semanalmente para dar cuenta de como estaban. Hablaban de su estado de salud, de sus tristezas y angustias, se sentaban alrededor del fuego en la noche y hablaban hasta entrado el amanecer. Los ancianos empezaron a contar sus viejas historias, aquellas que sus nietos no habían querido escuchar, ahora se impregnaban de gran color e interés. El entretenimiento tradicional de la televisión y el internet ya no existía. De alguna manera, la creatividad empezaba a desperezarse, la imaginación se aceitaba,  y los jóvenes querían volver a soñar con un mundo mejor.  Había un breve destello de esperanza que emergía en medio de esa densa oscuridad.

David escuchaba atentamente las historias de su padre, Jonás. Se sorprendía al ver cómo el viejo había salido de su mutismo y se había unido a este grupo de ancianos graciosos. Le alegraba verlo salir del silencio en el cual se había refugiado desde que su madre había muerto, años atrás de las explosiones de la Gran Guerra.  Jonás era un trabajador ejemplar. Siempre llegaba a la casa con algo para sus hijos, así fuese una simple fruta. Le costaba expresar sus emociones, pero aun así sus  hijos corrían emocionados cada vez que Karla, su esposa, anunciaba su llegada.

David estaba casado con Sara y tenían un hijo: Miguel. David había tenía estudios de ingeniería pero nunca pudo finalizar sus estudios. No era muy constante en las cosas que emprendía, se dejaba distraer con otras cosas y cambiaba sus prioridades. Había emprendido estudios en bellas artes y era gran admirador de Leonardo Da Vinci. Le interesaban particularmente aquellas máquinas voladoras, le gustaban esos artefactos con engranajes, cuerdas, poleas y mecanismos complejos que le permitiesen multiplicar su fuerza y poder volar, nadar, bucear o simplemente romper una nuez.

Fue a través de estas tertulias nocturnas como la comunidad empezó a recuperarse. El diálogo trajo fortaleza y ánimo. Escuchar las voces reconfortaba en medio del hambre que pasaban. Había pasado un año ya y muchos seguían ensimismados por su tragedia, amargados, deprimidos, sin ganas de continuar luchando. Pero de pronto, algunos empezaron a salir de este gran letargo, entre ellos David. Un día despertó con una idea en su cabeza:

-       - Necesitamos recuperar el contacto. Ver si hay gente más allá de este territorio. No tenemos suficientes recursos, tenemos que salir-.

Algunos lo miraron con cara de incredulidad, otros estaban atemorizados, pero todos sabían que él tenía razón. Previendo la hecatombe, algunos habían ahorrado algunos  suministros en bodegas subterráneas y lo compartían con los demás, pero ya se estaban agotando. Otros guardaron algunas semillas y tenían unos pequeños cultivos que producían cosechas bastante pobres, tal vez afectadas por la lluvia ácida. Eran alrededor de trescientas personas entre hombres, mujeres y  niños que en cualquier momento podrían perder la cordura y comenzar a agredirse, lastimarse o simplemente dispersarse. Pero ninguno hasta ahora se había atrevido ir más allá de las fronteras delimitadas por las montañas de escombros, latas retorcidas y vías arruinadas. Sentían que el peligro estaba más allá de sus límites visibles. 

David habló con varias personas acerca de su idea y solo algunos pocos le pusieron atención. Pensaron que estaba perdiendo la cabeza o que estaba siendo preso de la desesperación. Sara, su esposa, no lo objetó. Ella lo escuchaba y estaba decidida a acompañarlo en su travesía. Victoria y Alex, una pareja joven que se conoció en la comunidad, decidieron unirse. Tomás, un viejo explorador decidió que los iba a acompañar pues él sabía muchas técnicas de supervivencia que les serían de gran utilidad.
Un día cualquiera emprendieron su aventura. Cada uno cargaba un morral con alimentos y provisiones para sobrevivir unos cuatro días, según Tomás. Caminaron por largas horas, pero el panorama era desolador. Solo veían destrucción y más ruinas. Acamparon en una zona que les pareció conocida, por un  reconocido edificio  que aún conservaba parte de su fachada. Estaban ubicados en la zona céntrica de la ciudad.  Luego de caminar horas y horas sin rumbo fijo decidieron regresar. Tomás había tomado nota de los referentes para poder retornar y lo hicieron sin inconveniente. Cuando los vieron llegar, estaban reunidos alrededor de la fogata, calentando algo de comida. Los miraron con un leve asomo de curiosidad, esperando  una respuesta positiva. Sin embargo al ver sus rostros apagados y tristes, supieron de inmediato que las noticias no eran buenas.

-      - Lo sabía-. Dijo uno de los ancianos, - ¡Estas bombas de porquería!-.

-       ¡No!- repuso David. – Necesitamos llegar más lejos. Pero no lo podemos hacer caminando-.

-       ¡Ja! ¿Y entonces cómo?-, le interrumpió el anciano,- ¿Volando?-.

-       -Tal vez-

David había pasado la noche en vela. Sentía frustración pero algo en él se había encendido. Era la esperanza. Algo que hacía mucho tiempo no hacía parte de su lenguaje ni estilo de vida. Siguió dando vueltas durante horas en el colchón y no pudo conciliar el sueño. Se levantó y empezó a escarbar entre algunas cajas que tenía arrumadas en un rincón. Estuvo observando fotos de su familia, revistas, libros de su universidad, recortes, apuntes de cuadernos. Su mente daba vueltas, estaba inquieto, quería encontrar algo, alguna idea, una imagen, una frase que le soltase una pista acerca de lo que quería buscar. No sabía ni siquiera lo que buscaba, pero sabía que tenía que encontrar primero el motivo de su repentina inquietud.

-       ¡Acuéstate!-, le dijo Sara.

-      - Luego…luego…no tengo ahora tiempo para dormir-, le respondió.

En el fondo de una caja vio un gran libro lleno de polvo. Era su libro favorito. Un libro con muchas imágenes de artistas: pintores y escultores de todas las épocas. Lo había adquirido con mucho esfuerzo y siempre lo mostraba a sus amigos cuando estaba en la universidad. Pasó las páginas y se detuvo en su artista favorito: Leonardo Da Vinci. El tiempo pareciera que se hubiese suspendido. Pasaba las páginas con gran lentitud, analizaba minuciosamente cada detalle de sus dibujos, la sonrisa esbozada de La Gioconda, los artefactos…

-       ¡Los artefactos!-, gritó.

Su esposa se despertó asustada pero no entendió lo que había dicho. Se levantó y fue a buscar a su hijo para ver si estaba bien. Ya había amanecido y salió a buscar algo de alimento en la huerta improvisada que tenían al frente de su casa.
-       Tal vez si construyese una máquina voladora, podría llegar más lejos y divisar otras personas. Es posible que estén en mejores condiciones que nosotros-, pensó David.
Salió a la calle y se quedó estupefacto.  Todo aquel  basural de escombros que solía ser su paisaje cotidiano se transformó ante sus ojos. Todo había cobrado vida. Eran cientos de miles de piezas de posibles máquinas que podría construir. Eran piezas sueltas de un rompecabezas que estaba listo para ser armado.  Las ruedas de los carros, las puertas desvencijadas, los armarios, alambres, televisores inutilizados, todas esas piezas sueltas por ahí se podrían encajar para hacer algo completamente nuevo. Sintió que estaban durmiendo encima de aquello que les podría dar la salida. 

Empezó a caminar de un lado para otro, recogiendo cualquier cosa que le pareciese útil: tejas, cartones, tornillos, latas, puntillas…y luego las  dejaba a un lado de la casa. La gente lo miraba con extrañeza. Pensaban que en realidad estaba volviéndose loco. Ahora se había convertido en un reciclador o en un acumulador de objetos inútiles. Todos los días pasaba con un nuevo objeto en la mano, todo parecía servirle.
-       Otro loco que se añade a la lista-, dijo una de las señoras que ayudaba a cocinar los alimentos.

 – Con este ya van tres que se les corre la teja en lo que vamos del año… ¡Y parecía tan buen muchacho!-.

Sara estaba preocupada por él. David no comía bien y había perdido peso. Ya no se afeitaba y empleaba la mayor parte del tiempo haciendo lo mismo: recoger cosas por ahí.  Ella le preguntaba que hacía, por qué lo hacía, pero él solo la miraba de reojo y luego continuaba en su ajetreo. Su hijo tenía unos ocho años de edad y había encontrado en la actividad de su padre algo divertido. Le ayudaba a organizar las piezas y las clasificaban según el material o la forma. También salía con él a caminar, a veces hasta muy lejos, y regresaban agotados cargando una cantidad de objetos que al parecer no tenían utilidad alguna.

Cuando pensó que ya había acumulado lo suficiente, construyó con latas y cartones una especie de bodega, para proteger su inventario. Tomó una vieja agenda y empezó a dibujar trazos de una posible máquina. Estuvo así durante una semana, haciendo rayones, planeando, arrancando hojas y comenzando de nuevo. Borraba, tachaba, reteñía y poco a poco le daba forma a una quimera que solo podía caber en su cabeza.
Tomás, el viejo explorador, lo fue a visitar por sugerencia de Sara. Tal vez algo de contacto humano lo haría retornar a la cruda realidad de la cual, aparentemente quería escapar.

-       - ¿Qué haces?-, le preguntó.

-      -  ¿En realidad quieres saber? O eres tan solo un enviado especial para indagar mi nivel de locura…-, respondió David sin quitar la mirada de su agenda.

-      -  La verdad, siendo honesto, sí tengo curiosidad por saber lo que haces. Tal vez te pueda ayudar.
-       - Te diré lo que hago solo si prometes que me vas a ayudar-.
-       - Es una promesa.

David levantó su mirada y esbozó una sonrisa. Emocionado organizó sus notas y papeles y le pidió a Tomás que se sentara. 

-       - Mira. Estoy diseñando una máquina voladora-.

Tomás lo miró con incredulidad. En ese instante creyó que realmente David se había enloquecido, pero prefirió no demostrarlo. Se mantuvo calmado y quiso escucharlo, tal vez como una expresión de compasión. Pasaron mas de dos horas y Tomás lo escuchaba atentamente. Lo miraba a su rostro, tratando de descifrar si tal vez había esperanza para él, si habría forma de sacarlo de su locura. Luego volvía a mirar la agenda, tratando de hallarle sentido alguno a una cantidad de dibujos, rayas, flechas, diagramas y explicaciones que eran disparadas como una metralleta. Era mucha información difícil de digerir.

-       - ¿Qué piensas?-, le preguntó David.

-     -   No se-, a decir verdad no soy muy experto en máquinas. Lo mío es el campo, la naturaleza, la exploración. No puedo negar que lo que dices es muy interesante, pero a la vez lo veo difícil. No eres un ingeniero aeronáutico o un constructor, pero no puedo negar que eres muy creativo. Sin embargo te he prometido que te iba a ayudar y lo voy a hacer. Pero voy a llamar a mi hermano, Andrés. A  él también le gustan estas cosas-.

David sintió alivio. Como si una pesada carga hubiese caído de sus hombros. Tal vez Tomás no creyese que él estaba loco, que sí había esperanza de construir este artefacto.
Tomás salió de la casa, mientras Sara lo miraba con un poco de desánimo. Pensaba que no había sido de gran ayuda. Vió como David regresaba de inmediato a sus apuntes y dibujos. No se cansaba. Comía poco. Hablaba poco. Solo su hijo le indagaba acerca de su máquina y creía todo a lo que decía su padre. El niño era el más emocionado de todos.
Había pasado más de una semana y Tomás aún no cumplía su promesa. David decidió que había planeado lo suficiente y era tiempo de ponerse manos a la obra. Se encerró en la bodega y empezó a escarbar en medio de sus objetos, escogiendo los que consideraba más pertinentes para su proyecto. El rumor ya se había esparcido en la comunidad. Decían que David se había vuelto loco y que ahora quería construir alguna escultura.

-       - Tal vez el arte lo pueda ayudar a recuperarse, él es bueno para esas cosas-, decía su padre Jonás a la gente, para distraerlos y no dar mas importancia al asunto.
David había empezado y su esposa escuchaba muchos ruidos, golpeteos y en general, los sonidos de alguien construyendo algo. Al cabo de un tiempo apareció Tomás con su hermano, Diego. Golpearon varias veces a la puerta, hasta que finalmente se asomó David.
-       - ¡Lo prometido es deuda. Aquí estamos!-, dijo Tomás.

-       -  ¡Muy bien! ¡Sigan y les explico!, replicó David. 

Los hizo seguir y de nuevo les mostró sus dibujos. Estuvieron allí por espacio de cuatros horas, hablando ininterrumpidamente. Diego se iba contagiando poco a poco de la emotividad y locura de David. Le parecía que el proyecto de la máquina voladora no era del todo descabellado. Las cosas que proponía eran coherentes desde el punto de vista aerodinámico, físico y mecánico. Había posibilidades de que la cosa pudiese funcionar. Al final del día estaban tres locos trabajando en el proyecto. Sara no lo podía creer. Sin embargo se detuvo a meditar unos instantes y pensó que tal vez, su esposo no estaba tan loco.

La gente ahora comentaba que eso era algo contagioso, tal vez algún virus, y lo mejor era mantener a estos hombres a raya, caminar un poco alejados y evitar saludarlos de beso o con la mano. Cuando comían juntos, las madres alejaban a los niños y les decían en voz baja que no se acercaran a ellos, porque tal vez, podrían estar enfermos.

-      -  Yo sé que ustedes no entienden lo que estamos haciendo, pero créanme que puede funcionar. Es por el bien de todos. No es un acto de locura. Es una idea loca, pero no estamos locos-, dijo Diego.

-       - ¿Qué están haciendo?-, preguntó alguien.

-      -  Aún no lo podemos decir. Es mejor que no lo sepan, pero a su tiempo lo sabrán-, dijo David.

David ahora estaba más tranquilo. Los tres hombres trabajaban incansablemente, todos los días, pero estaban alegres. Se sentían útiles de nuevo. El proyecto los embargaba de emoción, de una pasión que  tal vez nunca habían sentido. Ni siquiera antes, cuando todo era normal, cuando no había ruinas, cuando todo estaba aparentemente en paz y bajo control.

Luego de tres meses de arduo trabajo el día había llegado. Era el tiempo de probar la genialidad de estos tres soñadores. Todos fueron llegando poco a poco para ver que era lo que habían hecho y si este invento tendría alguna utilidad. Diego y Tomás prepararon una corta pista en una calle aledaña. Luego abrieron la puerta de la bodega lentamente, dándole un aire especial al acontecimiento que se avecinaba. Al fondo estaba David metido en su pequeña máquina voladora. Tenía las alas ubicadas en la parte superior, con la forma de un murciélago. Funcionaban con un movimiento de aleteo y eran accionadas por dos mecanismos complementarios: uno directo por medio de los brazos y otro indirecto con los pies a través de pedales. Un motor auxiliar  se había adaptado, para utilizarlo cuando el piloto estuviese cansado. Tenía un sillín pequeño pero cómodo y este a su vez se apoyaba sobre dos ruedas de bicicleta ubicadas paralelamente como las sillas de ruedas.

La gente observaba en silencio y con asombro, sin embargo los niños no podían ocultar su emoción y querían acercarse más para tocar la máquina. Sus madres se lo impedían y les decían que era más seguro verla de lejos. La máquina sin lugar a dudas no era un simple armazón de latas, telas y engranajes. Era una auténtica obra de arte. Si no lograba su cometido, por lo menos sería un bello intento. David había impregnado en esta máquina la estética y la esencia de Leonardo Da Vinci. Era un digno homenaje al renacimiento.
Sara besó en la mejilla a su esposo y le entregó un paquete con algunas provisiones. Estaba asustada. No sabía cuan alto esa máquina se iba a elevar, si es que realmente lo pudiese hacer, y tenía miedo que se cayera de una gran altura. Preparó una merienda abundante y la guardó en un cajón especial que estaba ubicado debajo de silla.  Parecía un pequeño ritual para un suicidio premeditado. Su hijo no parecía vislumbrar riesgo alguno y estaba emocionado. Le dijo que quería ir con él, pero su padre no lo permitió. Le dijo que no estaba seguro si la máquina podría resistir el peso de los dos, pero en realidad no quería sufrir un percance y arriesgar su vida. El hijo tenía una cámara fotográfica y le tomó muchas fotos. Los otros niños lograron escaparse y también quisieron tomarse fotos con la nueva máquina. Poco a poco se fue propagando un entusiasmo inusual. El entusiasmo de estos tres intrépidos aventureros se había empezado a contagiar.

Se dirigieron entonces a la improvisada pista de despegue. Diego y Tomás se hicieron a lado y lado del sillín, y empezaron a empujar la máquina. Mientras tanto David pedaleaba con todas sus fuerzas. Las alas se movían con una armonía sin igual. El animal mecánico cobraba vida y su vigor se iba incrementando paso a paso. La velocidad del aparato superó a la de los corredores y escapó de su alcance. Lentamente el artefacto se elevó, con algo de torpeza y dificultad debido a cierto viento que se presentó repentinamente. Sin embargo no se detuvo. Siguió elevándose cada vez más hasta levantarse imponente en medio del firmamento. La gente gritaba de emoción. Había lágrimas, abrazos, risas y muchas ganas de celebrar. David se perdió en el firmamento, hasta desaparecer en la distancia. Era una proeza, un logro que daba aliento, ánimo, una buena noticia, un destello de esperanza en un mar de tristeza.

Pasaron varios días y no llegaban noticias de David. Su esposa estaba triste pero Tomás estaba muy pendiente de ella. Todos los días pasaba a visitarla. Le recordaba que su esposo era un héroe y a la vez un genio. La máquina estaba perfectamente concebida y no les iba a defraudar. Su hijo  no tenía temor alguno y sabía que su papá prontamente regresaría con algún regalo especial para él, así como lo había prometido. Les dijo que  la noche anterior había soñado con un águila gigante que llegaba hasta su casa y se posaba en el tejado. Cargaba en sus patas un canasto  con alimentos. Y que luego veía que no era una, sino miles de águilas que iban y venían trayendo muchas provisiones regalos desde lugares lejanos. 

Había pasado un mes y la gente había entristecido de nuevo. Los embargaba la nostalgia y los recuerdos, el duelo de la guerra seguía latente. Pero lo que mas le afectaba en ese momento a todos era la ausencia de David. Pensaban que, definitivamente había caído en medio de la nada, se había accidentado, o simplemente se murió de hambre y cansancio en el camino. Estaba a punto de ocultarse el sol, cuando el hijo de David empezó a gritar señalando el horizonte:

-     -   ¡Mira mamá! ¡Un águila!... ¡El águila que vi en el sueño!

-      -  ¡No! ¡No es un águila!-, respondió Sara. -¡Es David! ¡Ha regresado! ¡Está vivo!

Todos los vecinos salieron a la calle. La máquina voladora se acercaba con majestuosidad, planeaba como un ave cazadora en busca de su presa. Era sin lugar a dudas, un artefacto hermoso, genialmente concebido. Las lágrimas afloraron de nuevo, la emoción fue total, había valido la pena.

David les dijo que estuvo en el aire durante cuatro días. En ocasiones pedaleaba, luego descansaba. Reconoció que la catástrofe era inmensa, pero que la naturaleza estaba resurgiendo en algunos lugares.  Cuando logró ver gente hizo su aproximación pero su aterrizaje fue bastante accidentado por lo que tardó un buen tiempo reparando el artefacto. Lo recibieron con mucha alegría y le preguntaron desde donde venía. Ellos tenían buenas provisiones y ya tenían algunas plantaciones mejor organizadas. Estaban sorprendidos porque ellos tampoco habían hecho contacto con gente cercana. Mostraron un gran interés en su aeronave y le pidieron que regresara, si fuese posible, que trajera otra nave para ellos, estaban dispuestos a comprarla. 

Sara, su hijo, Jonás, Tomás, Diego y todos los demás escuchaban estupefactos, felices, curiosos y sorprendidos. David trajo algunas provisiones: frutas, granos y algo de carne. Estaban felices por ver algo distinto. Ya estaban hastiados de enlatados. David les dijo que ahora iba a empezar a trabajar en la construcción de una segunda máquina voladora, pero que también  comenzaría el diseño de un vehículo terrestre. Muchos hombres y mujeres se vincularon a este nuevo proyecto. Ahora eran muchas manos las que estaban dispuestas a colaborar. La gente empezó a creer que mientras estuvieran con vida, podrían sentirse útiles y construir de nuevo su país, aprendieron a ver con los ojos de David, en los basurales, en los escombros, siguieron hallando engranajes, ruedas, alas, mecanismos, piezas sueltas que fueron encajando poco a poco. 

Establecieron contacto con nuevas comunidades y  las distancias se acortaron de nuevo. Construyeron muchos aparatos que fueron de gran utilidad para otros pueblos y regiones. Ellos se hicieron famosos, fueron llamados “La comunidad de los artefactos”. Sus inventos no eran nuevos, a decir verdad, pero eran creativos pues construían con elementos que estaban disponibles, con la destreza de sus manos y la estética de los pintores renacentistas. Eran obras maestras de arte y aparte de esto, funcionaban. Esto ocurrió en el año 2300, en la era de los artefactos.