El tiempo pasa y todo cambia, nada permanece igual. A veces quisieramos
retener vivencias, personas, circunstancias, pero somos tan solo
testigos silenciosos del transcurso de
los días. Anochece y amanece de nuevo. Nuestro calendario suma días sin
pedirte permiso. Somos como aves migratorias buscando un norte, un
sentido, una corriente de aire, una señal en el cielo que nos muestre el
rumbo. Somos poetas pescadores, esperando atrapar un pensamiento, que
nos inspire. Somos pintores, que tomamos el pincel para plasmar en el
lienzo de la vida, colores y formas, diferentes, que nos hagan soñar
con la esperanza, que nos permitan visualizar un mundo nuevo.
Somos
artesanos, alfareros, queriendo moldear el barro de nuestra existencia,
efímera, con asperezas en el alma, las huellas del dolor , fieles
cicatrices de nuestro paso por esta tierra.
Lágrimas y risas, placer
y dolor, amargura y consuelo, ingredientes que nos recuerdan que aún
seguimos con vida. No se trata de tener, se trata de ser, de sabernos
vivos.
Miro el espejo, mi cuerpo cambia, mi rostro no es el mismo, pero mi mente sigue presente, aprendiendo, soñando.
Somos águilas, que elevan su cuerpo en el firmamento, que ven el futuro con mayor agudeza.
Somos hombres, sentimos, amamos, nos cansamos. }
El tiempo pasa, sin preguntarnos si puede seguir su marcha. No necesita
pedirnos permiso. Nosotros somos solo caminantes, que tuvieron el
privilegio de conocer este universo, ver las estrellas, sentir el frío,
saborear un rico postre.
El tiempo se burla, irreverente, de la
codicia, del jactancioso, del que se ufana en sus bienes materiales, del
que se cree suficiente por sus conocimientos. El tiempo se mofa, a
carcajadas, del que se amarga por lo que no puede cambiar, de aquel que
en necedad, cree tener el control de las cosas.
Solo somos humildes testigos, polvo en el viento, rocío de la mañana, somos cenizas y somos fuego.
¿Late mi corazón? ¿Siento? ¿Veo? ¿Huelo? ¿Tengo sed? Estoy vivo. Entonces tengo más oportunidades que todos los muertos.
No lo percibo, no estoy conciente, de este privilegio. ¿Merecido? Tal
vez no. Pero otro día más, el de arriba me ha concedido vivir. Otro día
mas, no quiero que pase en vano.
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lunes, 18 de abril de 2016
miércoles, 28 de octubre de 2015
Envejecer no es morir
Envejecer no es morir. Porque a diario mueren todos, los jóvenes, los niños, los adultos, los bebés y los que no pudieron ver la luz del día.
Envejecer no es morir. Es tan sólo poder ver la vida un poco más. Es poder contar mejores historias, más profundas, más descabelladas, mas antiguas e inverosímiles.
Envejecer no es morir. Porque para morir solo se necesita estar vivo, pero el que puede llegar a viejo y contar la historia, es un héroe de mil batallas. Es un guerrero que ha visto a muchos quedar en el camino. Es un faro aún visible que puede iluminar a otros con la luz de la experiencia.
Si las lágrimas de los viejos pudieran hablar...te dirían cosas profundas, te compartirián sentimientos tan reales, tan sentidos.Sus lágrimas reflejan la frustración, el abandono, el olvido, pero también la risa y la sonrisa del deber cumplido.
Envejecer no es morir. Es vivir distinto, que es diferente. El joven anhela el bullicio, el viejo el silencio. El joven no quiere escuchar, el viejo puede escuchar con atención y paciencia, hasta los disparates, sin burlarse de tí.
El viejo tiene mucho para decir, pero pocos quieren escucharle. El joven es escuchado, aunque a veces no halla que decir.
Si escucharas más a los viejos, serías mas sabio. Pero a veces prefieres escuchar a aquel que con una cara joven y bella, profiere huecas tonteriás.
Envejecer no es morir. Es ver la vida con mas calma, sin tanta apariencia vacía. Es disfutar a conciencia los pequeños detalles. Agradecer lo mas simple, como la salud o los amigos.
Envejecer no es morir, porque ya muchos se murieron y no pudieron siquiera experimentar la dulzura de alzar un nieto en sus brazos.
Los viejos fueron testigos de momentos únicos que solo podemos conocer a través de sus miradas, de sus palabras, de sus relatos.
Muere el que se tiene que morir, pero el viejo, está muy vivo, aunque la muerte lo inquiete.
El muerto es muerto, y el viejo es viejo, pero el viejo, mientras viva, valdrá la pena escucharlo y disfrutar su compañia.
Envejecer no es morir, es vivir un poco más largo.
Envejecer no es morir. Es tan sólo poder ver la vida un poco más. Es poder contar mejores historias, más profundas, más descabelladas, mas antiguas e inverosímiles.
Envejecer no es morir. Porque para morir solo se necesita estar vivo, pero el que puede llegar a viejo y contar la historia, es un héroe de mil batallas. Es un guerrero que ha visto a muchos quedar en el camino. Es un faro aún visible que puede iluminar a otros con la luz de la experiencia.
Si las lágrimas de los viejos pudieran hablar...te dirían cosas profundas, te compartirián sentimientos tan reales, tan sentidos.Sus lágrimas reflejan la frustración, el abandono, el olvido, pero también la risa y la sonrisa del deber cumplido.
Envejecer no es morir. Es vivir distinto, que es diferente. El joven anhela el bullicio, el viejo el silencio. El joven no quiere escuchar, el viejo puede escuchar con atención y paciencia, hasta los disparates, sin burlarse de tí.
El viejo tiene mucho para decir, pero pocos quieren escucharle. El joven es escuchado, aunque a veces no halla que decir.
Si escucharas más a los viejos, serías mas sabio. Pero a veces prefieres escuchar a aquel que con una cara joven y bella, profiere huecas tonteriás.
Envejecer no es morir. Es ver la vida con mas calma, sin tanta apariencia vacía. Es disfutar a conciencia los pequeños detalles. Agradecer lo mas simple, como la salud o los amigos.
Envejecer no es morir, porque ya muchos se murieron y no pudieron siquiera experimentar la dulzura de alzar un nieto en sus brazos.
Los viejos fueron testigos de momentos únicos que solo podemos conocer a través de sus miradas, de sus palabras, de sus relatos.
Muere el que se tiene que morir, pero el viejo, está muy vivo, aunque la muerte lo inquiete.
El muerto es muerto, y el viejo es viejo, pero el viejo, mientras viva, valdrá la pena escucharlo y disfrutar su compañia.
Envejecer no es morir, es vivir un poco más largo.
Desierto
Sobreviviente... testigo distante. Alguien que pareciera ver su propia vida, desde afuera, como alguien que ya no está presente.
¿Donde esta mi corazón? ¿Donde están mis sueños? ¿Se los llevó el frío de la derrota? ¿Los robó el olvido o la indiferencia?
¿Vivo... por vivir?... ¿Y el amor? Perdiste la esencia en medio de la prisa. Corriendo en linea recta hacia un objetivo difuso, confuso, disuelto en un horizonte de un desierto que encandila la mirada.
El desierto, cruel e ineludible. Obstáculo natural de mi existencia. Te atraviesa y lo atraviesas. Tan real, sublime y asfixiante, Limpio el sudor de mi frente. La arena no se inmuta, ajena a mi pesar se extiende y me envuelve con su abrazo fugaz.
Arena... compañera fiel de las tristezas de los navegantes y caminantes errabundos. Dime una pista, dame un ligero esbozo del próximo destino, preguntale al viento si oyó mencionar mi nombre a las aves que migran por la vida.
Noche... ¿Ocultaste hoy la luna a propósito? No quieres que vea las estrellas que guiñan sus grandes ojos, como queriendome decir algo, un secreto con señales de humo. No quisiste que la luna me hiciese compañia. Tal vez pensaste que necesitaba estar solo, pero ya el día seco fue suficiente.
El desierto alberga mi tienda y trato de abrigarme un poco. Al fondo escucho un grupo de gente que se aleja...transeúntes, algunos niños que ríen, un perro que los sigue. Se alejan...hoy extrañé a la luna.
Arena.. arrancas mis lágrimas, pero no te guardo rencor. Agradezco al sol que secó las esperanzas viejas, pues los retoños han logrado florecer.
Es madrugada y un ligero rocío toca a mi tienda, despertándome. Parto de aquel lugar. Camino otro poco, paso a paso, anhelo el agua otra vez. Miro al cielo y una nube presagia que más allá de la oscura noche, existe una fuente que saciará mi sed.
Camino otro poco más...
¿Donde esta mi corazón? ¿Donde están mis sueños? ¿Se los llevó el frío de la derrota? ¿Los robó el olvido o la indiferencia?
¿Vivo... por vivir?... ¿Y el amor? Perdiste la esencia en medio de la prisa. Corriendo en linea recta hacia un objetivo difuso, confuso, disuelto en un horizonte de un desierto que encandila la mirada.
El desierto, cruel e ineludible. Obstáculo natural de mi existencia. Te atraviesa y lo atraviesas. Tan real, sublime y asfixiante, Limpio el sudor de mi frente. La arena no se inmuta, ajena a mi pesar se extiende y me envuelve con su abrazo fugaz.
Arena... compañera fiel de las tristezas de los navegantes y caminantes errabundos. Dime una pista, dame un ligero esbozo del próximo destino, preguntale al viento si oyó mencionar mi nombre a las aves que migran por la vida.
Noche... ¿Ocultaste hoy la luna a propósito? No quieres que vea las estrellas que guiñan sus grandes ojos, como queriendome decir algo, un secreto con señales de humo. No quisiste que la luna me hiciese compañia. Tal vez pensaste que necesitaba estar solo, pero ya el día seco fue suficiente.
El desierto alberga mi tienda y trato de abrigarme un poco. Al fondo escucho un grupo de gente que se aleja...transeúntes, algunos niños que ríen, un perro que los sigue. Se alejan...hoy extrañé a la luna.
Arena.. arrancas mis lágrimas, pero no te guardo rencor. Agradezco al sol que secó las esperanzas viejas, pues los retoños han logrado florecer.
Es madrugada y un ligero rocío toca a mi tienda, despertándome. Parto de aquel lugar. Camino otro poco, paso a paso, anhelo el agua otra vez. Miro al cielo y una nube presagia que más allá de la oscura noche, existe una fuente que saciará mi sed.
Camino otro poco más...
miércoles, 20 de mayo de 2015
El día que Sebas despertó
Sebastián se había levantado un poco tarde ese día.Solo pudo conciliar el
sueño en las primeras horas del día. Navegaba incesantemente en las
redes sociales, tratando de encontrar algo novedoso, algo que llamara
fuertemente su atención. Era una búsqueda diaria que no hallaba fin.
Ingresaba a su perfil en Facebook y leía por horas comentarios, miraba
fotos de personas que tal vez en su vida jamás llegaría a conocer.
Estaba ensimismado en ese mundo virtual, tal vez esperando que le
proveyese alguna satisfacción más allá del chiste fácil, la crítica
indolente contra los gobernantes de turno, las causas nobles como la
protección de las ballenas o algun otro animal en vía de extinción.
Ese día no quiso salir de la cama. Trabajaba un una oficina virtual, actualizando páginas por internet o dictando clases a través de una cámara web. Aún tenía pizza del día anterior, por lo que desayunó con un pedazo ya endurecido y un poco de refresco que tenía en la nevera. Llevaba más o menos una semana sin salir de casa y no se acordaba con exactitud qué día era. No importaba. No estaba supeditado al horario tradicional que su sociedad, en su mayoría, aún lograba sostener.
Se levantó a eso del mediodía y decidió que su almuerzo sería otro pedazo de pizza, pero prefirió calentarla un poco en el horno microondas. Ya no sabía igual. Nuevamente entró a las redes sociales, esperando encontrar a aquella chica bella, de ojos azules profundos, de cuerpo esbelto y sonrisa amplia, de chistes ligeros pero que publicaba imágenes de paisajes remotos, en lugares exóticos. Tal vez era una chica misteriosa, con un mundo de conocimientos, de locuras por vivir, de sueños por conquistar. La esperó durante un par de horas, viendo que se conectara a través del chat, pero finalmente no apareció. Sebastián pensó que ella había optado por permanecer oculta, pues estaría hastiada de tener tantos admiradores. Aparecía con 10.000 seguidores, pero eso no lo amilanaba. No perdía la esperanza de conocerla en vivo y en directo. Ya en una ocasión él había podido establecer una conversación. Una corta conversación pero era algo esperanzador. Él le dijo: Hola y ella respondió con una carita feliz. Luego él le dijo bye, y ella dijo ¡Chao! Era la conversación más larga que había podido lograr con ella, ya que en otras ocasiones, Sebastián tan solo había iniciado la conversación, pero la respuesta de ella se hacía esperar.
- Debe ser una chica muy ocupada- pensó Sebastián.
Luego se dispuso a actualizar una página que hacía un buen tiempo no tenía movimiento. Su cliente le había llamado y le hizo el reclamo por su tardanza. Sebastián era muy hábil con su computador e hizo el trabajo en una hora. Luego estuvo jugando el resto de la tarde en su PlayStation hasta que se sintió agotado. Luego regreso a la red social, y miró a sus contactos, a los que estaban conectados, tal vez para iniciar alguna conversación casual que lo sacase de la monotonía. Tenía muchos contactos, pero no vio algún amigo, alguien a quien le tuviera confianza, o con quien tuviese un pretexto para iniciar una conversación. Tampoco la chica de ojos azules profundos se había conectado.
Era otra noche más y el día había pasado rápidamente. No se había dado cuenta en realidad si la luz del sol se había asomado, pues ese día no abrió las cortinas. La luz artificial fue su compañia y solo se dió cuenta que era de noche cuando encendió el televisor y vio su programa favorito de las ocho. Era un programa que mostraba los lugares más extraordinarios alrededor del mundo. Le encantaba la naturaleza. Ver los rios, los océanos, la diversidad de especies animales, y también las costumbres de otros países. Así fuese por lo menos verlos en televisión. Veía comidas exóticas pero ignoraba su sabor. Veía aguas cristalinas pero ignoraba lo que se podría sentir sumergirse en ellas. Veía gente pero no sabía si de alguna manera podría tener una conversación con ellos.
Miró su reloj y se dió cuenta que ya era la medianoche. Se levantó, fue al baño y miró su rostro en el espejo. Tenía una barba de varios días y no se acordaba si se había bañado recientemente. Enjuagó su rostro, se lavó los dientes y se sintió cansado. Muy cansado. Estaba agotado y no sabía de qué en realidad. A pesar de eso se conectó una vez más, esperando ver de nuevo a la mujer de sus sueños, la chica esbelta de ojos profundos, la de 10.000 fans. Sorpresivamente ella estaba on-line y de inmediato la saludó:
- Hola
- Hola-, le respondió.
- ¿Cómo estás?-, escribió Sebastián. Pero ya ella nunca más habría de responder. Esa fue la última "conversación" que tuvo con ella.
Esa noche Sebastián durmió profundamente. Estaba realmente cansado. Tuvo un sueño y en el sueño veía que estaba volando como un ave. Sentía que su cuerpo flotaba en las alturas y que estaba en un lugar muy bello. Volaba sobre una playa hermosa, con un mar tranquilo, sereno, plácido. Se elevó un poco mas y pudo ver algunos buques que llegaban a un puerto, muchas personas caminaban cerca y otros se deleitaban comiendo frutas jugosas. Avanzó otro poco a medida que descendia y pudo ver una playa casi vacía, donde jugaban algunos niños con una pelota de colores. Pudo ver otras personas descansando, mirando al mar, mientras la brisa recorría sus cuerpos. Allí aterrizó. Empezó a caminar y sus pies descalzos dejaban huellas en la arena cerca al mar. Caminaba muy lento, pero sus sentidos estaban muy sensibles, atentos al sonido de las olas y las gaviotas, al calor del sol y al olor del trópico.
Sebastián se despertó temprano, como pocas veces lo había hecho. Eran apenas las cinco de la mañana. Sintió que una paz lo inundaba y se sintió vivo de nuevo. Fue al baño, tomó una ducha fría y comió algo ligero. De repente, buscó un morral que tenía guardado y alistó unas prendas que tenía aún limpias. Salió de su casa y empezó a caminar sin un rumbo fijo. Tan solo quería encontrar esa playa y ver ese mar y estar allí. Quería vivir allí por siempre. Ese fue el día en que Sebastián se desconectó.
Elaborado para el I Concurso de relato breve: "El dios tecnología ", Club de Escritura Fuentetaja, Febrero 2013
Ese día no quiso salir de la cama. Trabajaba un una oficina virtual, actualizando páginas por internet o dictando clases a través de una cámara web. Aún tenía pizza del día anterior, por lo que desayunó con un pedazo ya endurecido y un poco de refresco que tenía en la nevera. Llevaba más o menos una semana sin salir de casa y no se acordaba con exactitud qué día era. No importaba. No estaba supeditado al horario tradicional que su sociedad, en su mayoría, aún lograba sostener.
Se levantó a eso del mediodía y decidió que su almuerzo sería otro pedazo de pizza, pero prefirió calentarla un poco en el horno microondas. Ya no sabía igual. Nuevamente entró a las redes sociales, esperando encontrar a aquella chica bella, de ojos azules profundos, de cuerpo esbelto y sonrisa amplia, de chistes ligeros pero que publicaba imágenes de paisajes remotos, en lugares exóticos. Tal vez era una chica misteriosa, con un mundo de conocimientos, de locuras por vivir, de sueños por conquistar. La esperó durante un par de horas, viendo que se conectara a través del chat, pero finalmente no apareció. Sebastián pensó que ella había optado por permanecer oculta, pues estaría hastiada de tener tantos admiradores. Aparecía con 10.000 seguidores, pero eso no lo amilanaba. No perdía la esperanza de conocerla en vivo y en directo. Ya en una ocasión él había podido establecer una conversación. Una corta conversación pero era algo esperanzador. Él le dijo: Hola y ella respondió con una carita feliz. Luego él le dijo bye, y ella dijo ¡Chao! Era la conversación más larga que había podido lograr con ella, ya que en otras ocasiones, Sebastián tan solo había iniciado la conversación, pero la respuesta de ella se hacía esperar.
- Debe ser una chica muy ocupada- pensó Sebastián.
Luego se dispuso a actualizar una página que hacía un buen tiempo no tenía movimiento. Su cliente le había llamado y le hizo el reclamo por su tardanza. Sebastián era muy hábil con su computador e hizo el trabajo en una hora. Luego estuvo jugando el resto de la tarde en su PlayStation hasta que se sintió agotado. Luego regreso a la red social, y miró a sus contactos, a los que estaban conectados, tal vez para iniciar alguna conversación casual que lo sacase de la monotonía. Tenía muchos contactos, pero no vio algún amigo, alguien a quien le tuviera confianza, o con quien tuviese un pretexto para iniciar una conversación. Tampoco la chica de ojos azules profundos se había conectado.
Era otra noche más y el día había pasado rápidamente. No se había dado cuenta en realidad si la luz del sol se había asomado, pues ese día no abrió las cortinas. La luz artificial fue su compañia y solo se dió cuenta que era de noche cuando encendió el televisor y vio su programa favorito de las ocho. Era un programa que mostraba los lugares más extraordinarios alrededor del mundo. Le encantaba la naturaleza. Ver los rios, los océanos, la diversidad de especies animales, y también las costumbres de otros países. Así fuese por lo menos verlos en televisión. Veía comidas exóticas pero ignoraba su sabor. Veía aguas cristalinas pero ignoraba lo que se podría sentir sumergirse en ellas. Veía gente pero no sabía si de alguna manera podría tener una conversación con ellos.
Miró su reloj y se dió cuenta que ya era la medianoche. Se levantó, fue al baño y miró su rostro en el espejo. Tenía una barba de varios días y no se acordaba si se había bañado recientemente. Enjuagó su rostro, se lavó los dientes y se sintió cansado. Muy cansado. Estaba agotado y no sabía de qué en realidad. A pesar de eso se conectó una vez más, esperando ver de nuevo a la mujer de sus sueños, la chica esbelta de ojos profundos, la de 10.000 fans. Sorpresivamente ella estaba on-line y de inmediato la saludó:
- Hola
- Hola-, le respondió.
- ¿Cómo estás?-, escribió Sebastián. Pero ya ella nunca más habría de responder. Esa fue la última "conversación" que tuvo con ella.
Esa noche Sebastián durmió profundamente. Estaba realmente cansado. Tuvo un sueño y en el sueño veía que estaba volando como un ave. Sentía que su cuerpo flotaba en las alturas y que estaba en un lugar muy bello. Volaba sobre una playa hermosa, con un mar tranquilo, sereno, plácido. Se elevó un poco mas y pudo ver algunos buques que llegaban a un puerto, muchas personas caminaban cerca y otros se deleitaban comiendo frutas jugosas. Avanzó otro poco a medida que descendia y pudo ver una playa casi vacía, donde jugaban algunos niños con una pelota de colores. Pudo ver otras personas descansando, mirando al mar, mientras la brisa recorría sus cuerpos. Allí aterrizó. Empezó a caminar y sus pies descalzos dejaban huellas en la arena cerca al mar. Caminaba muy lento, pero sus sentidos estaban muy sensibles, atentos al sonido de las olas y las gaviotas, al calor del sol y al olor del trópico.
Sebastián se despertó temprano, como pocas veces lo había hecho. Eran apenas las cinco de la mañana. Sintió que una paz lo inundaba y se sintió vivo de nuevo. Fue al baño, tomó una ducha fría y comió algo ligero. De repente, buscó un morral que tenía guardado y alistó unas prendas que tenía aún limpias. Salió de su casa y empezó a caminar sin un rumbo fijo. Tan solo quería encontrar esa playa y ver ese mar y estar allí. Quería vivir allí por siempre. Ese fue el día en que Sebastián se desconectó.
Elaborado para el I Concurso de relato breve: "El dios tecnología ", Club de Escritura Fuentetaja, Febrero 2013
domingo, 29 de marzo de 2015
Si pudiese retroceder el tiempo
Si pudiese retroceder el tiempo habría muchas cosas que haría de nuevo, pero con más calma.
Me sentaría un tiempo más largo a escuchar a mis abuelos. Les haría más preguntas, indagaría los detalles de sus historias. No buscaría tanto llamar la atención, más bien ser un oyente más curioso de su memorias.
Viajo en el tiempo y me gustaria sentarme otro poco más en la sala de mis abuelos, junto con todos los demás: tíos, primos y conocidos. Reir, celebrar juntos ese instante único, mágico, irrepetible, de mi infancia tangible ante sus ojos, cansados pero sinceros.
Las salas modernas, elegantes, con diseños novedosos, costosas, llamativas...¿De qué sirven si nadie las habita? ¿De que sirve un asiento vacío que no tiene personas que sean testigos de aventuras, delirios, sueños y dolores? ¿De que sirven las casas grandes sin familias? ¿Los espacios cómodos sin narradores, conversadores, distintos personajes del afecto del alma?
No son los objetos que hacen una casa. Son las personas, las de carne y hueso, las que podemos ver, oler, sentir y compartir una estruendosa carcajada, luego de escuchar un hilarante recuerdo. Sentados juntos, cerca a la chimenea, en una noche de navidad. Compartimos. Vivimos juntos. Lloramos. Nos damos la oportunidad de ser inoportunos, el uno al otro, con comentarios, a veces tontos.
Pero estamos siendo testigos mutuos de nuestras vidas, en la sala, o en el comedor, comiendo algo delicioso, algo que solo la abuela sabe preparar. Algo en cuyas manos, con un arte singular, nos conquista el alma a través del gusto. Queda sellado como un tatuaje en nuestra mente, olores que años más tarde podemos recordar, en momentos sagrados, por un segundo tal vez, sea suficiente.
Si pudiese retroceder el tiempo me sentaría a la mesa de nuevo, con mis abuelos, padres y tíos. Sentiría el calor de un chocolate caliente que humea, un trozo de queso que se derrite en su interior. Escucharía las risas de nuevo, jugando cartas, escuchando las historias de siempre, los chistes viejos una y otra vez. Esas historias graciosas que hacen que te duela el estómago. Valdría la pena. Y ya no tendría tanta prisa. Ya no saldría corriendo. Escucharía con más atención y haría otras preguntas más.
Si pudiese viajar en el tiempo volvería a ese lugar, a esa sala vieja, pero llena de gente. Solo que lo haría con mas calma.
domingo, 4 de enero de 2015
Aún puedes ser feliz
Aún puedes ser feliz...pero no a la manera como algunos te han vendido la idea de felicidad. Porque primero debes preguntarte ¿Qué es la felicidad? ¿Ambición? ¿Satisfacción? ¿Reconocimiento? ¿Dinero? ¿Aceptación? ¿Una vida fácil y sin esfuerzo? ¿Ser el protagonista de una postal paradisiaca? Hay que reorganizar las ideas que se alojan en nuestra cabeza. Tal vez existan sueños arraigados en nuestra mente, que ya caducaron, que no tienen sentido, que fueron heredados, o simplemente eran ajenos y en algún momento los apropiamos como nuestros, pero que hoy día carecen de significado o sentido. Son sueños parásitos, inquilinos ocultos que ya no justifican su permanencia en la bodega de los anhelos que residen en nuestro interior.
¿Qué te hace feliz hoy? Cada día cambiamos. Cada hora envejecemos. Cada minuto estamos evolucionando. No somos los mismos de ayer. ¿Qué es lo que quiero? ¿Qué es lo que necesito? ¿Cuántos anhelos están apoyados en caprichos egoístas? Hemos sentido ese vacío cuando obtenemos algo que quisimos con todas nuestras fuerzas, para descubrir que no era gran cosa. Es porque confundimos los ideales con las idealizaciones. Los anhelos con las obsesiones. Nos comparamos y ahora más que nunca estamos expuestos, y siendo testigos permanentes de lo que sucede, en apariencia, con la vida de los demás. Creemos que debemos llenar una medida. Creemos que no nos podemos quedar atrás.
"Yo también necesito tomarme una selfie con la Torre Eiffel de fondo". Pensamos que es indispensable en nuestro registro fotográfico. ¿Y...a quién le importa? Porque ahora estamos todos conectados con las redes sociales, las cuales, paradójicamente son la mejor apología de la soledad. Deberían llamarse las redes solitarias. Vemos fotos, de personas que nos comparten su felicidad y nos recuerdan que de algún modo, algo nos falta para completar el rompecabezas de la nuestra. Tonterias. ¿Qué te hace feliz? Eres único. No necesitas que una cámara registre tu vida. Como un reality largo, del cual debemos dar registro...¿a quienes? A los otros...los que nos miran desde otra pantalla. ¿Qué mas da?
Aún puedes ser feliz. Y no necesitas comprar fórmulas mágicas al charlatán de turno. ¿Algo te obsesiona? Si algo te obsesiona eso no te hará feliz. Las obsesiones te enferman, te esclavizan, te humillan. Roban lo mejor de tí para un objetivo que al fin de cuentas de deja vacío. Las idealizaciones son espejismos. Son ideas que tu añades a la realidad, para hacerla más aceptable, más llevadera, más placentera. La realidad es a veces, un poco amarga al paladar. La realidad no siempre es algo que todos quieran. Es mas atrayente el engaño. La mentira es como una droga que adormece y esclaviza. Es mas fácil caminar entontecido, embriagado con las falsas ilusiones, que poder caminar con los pies en la fria realidad.
¿Qué quieres comprar con tu dinero? ¿La felicidad? ¿Puedes comprar el amor? Tal vez puedes comprar voluntades. Buenas actuaciones de personas que pueden fingir amarte, pero al fin de cuentas solo será eso: una muy buena actuación. El amor genuino no necesita que le endoses un cheque. El amor verdadero no surge de una transacción comercial. A menos que ese sea tu objetivo en la vida. Al fin de cuentas es tu decisión. Es tu decisión estar embriagado o en las drogas. Es tu decisión ser un promiscuo. Es tu decisión pero no pretendas fingir que eres feliz. Húndete en el fango pero no arrastres a los demás contigo. Aún puedes ser feliz. Ser esclavo no lo es. Porque la felicidad está en ser libre. Algunos dirán: soy libre de escoger ser un esclavo. Sí claro. Es tu decisión. Has escogido ser un infeliz y eso también es respetable.
Para los que sin embargo quieren la felicidad, entonces no corras tan lejos.Como si la felicidad estuviese en un lugar remoto. En realidad, está muy cerca. Aprende a escuchar. Cálmate. No corras ansiosamente. ¿Cuál es la prisa? ¿Necesitas dinero? No dejes que las cifras y las cuentas te hagan perder la percepción de la realidad. Calla por un instante. Hemos idealizado personas, hemos idealizado ideologías. Nos hemos obsesionado con lugares, trabajos, objetivos que hoy ya carecen de sentido alguno. Están vacíos. Se te olvidó lo que te hacía feliz porque perdiste la sensibilidad. ¿Comes a toda prisa? Disfruta ese trozo de comida. No te limites a sobrevivir.
Siente. Siente el agua fría que recorre tu garganta en ese día caluroso. Oye. Oye y escucha a esa persona que quiere contarte algo. Tal vez no sea la mejor historia, pero esfuérzate por prestar atención. Porque tú también puedes hacer feliz a otra persona. Gran parte de nuestras infelicidades están en nuestro egoísmo. Estamos tan obsesionados con nuestra felicidad, que no hacemos felices a nadie. ¿Son parte de una escenografía? ¿Son los extras en la película de nuestra vida? Porque en realidad, al perder la sensibilidad, no reconocemos al que está al lado nuestro. ¿Qué sucede en la vida de ellos? ¿Sufren? ¿Lloran? ¿Rien? ¿Son felices? Cuantas veces tenemos la llave de la felicidad de alguien y preferimos guardarla. Somos infelices porque no ayudamos a otros. Y a veces, se trata de algo sencillo. Un saludo, un abrazo, una sonrisa...hacen la diferencia.
Aún puedes ser feliz y no necesitas tantas cosas. Cuando soltamos nos liberamos de cargas. Mientras menos necesitas, eres menos esclavo. Depender de algo, es llevar una carga a nuestras espaldas. Si sueltas, te liberas, aligeras la carga, el camino se hace llevadero. Si piensas como un necesitado, ese será tu derrotero: la mentalidad del mendigo. Si piensas como una persona dadivosa, que no tiene apegos, entonces tu destino será cada vez más asombroso. Serás indispensable, serás un ser humano valioso, alguien necesario en este mundo atribulado. No necesitas ser otra persona, sé tu mismo. Hoy calla y escucha el silencio. Busca las respuestas en tu interior. ¿A qué estas aferrado? Si agarras con tanta fuerza aquello que crees te hace feliz, demuestras que no confías. Que estás atemorizado. Te aferras con tanta fuerza a la vida, y la vida misma algún día te dejará ir. Entonces reconoce con humildad que no puedes. Que no puedes prolongar tu vida ni un solo segundo. Que tus días están contados. Y no como una sentencia, sino como un acto de realidad, de sencillez.
¿Preocupado? ¿Para qué? La tierra no deja de girar. Los aviones no se sostienen por la preocupación de sus pasajeros. Hay principios que rigen el universo. Y la preocupación no hace parte de las leyes de la física ni la química. En conclusión no sirve de nada. Decide entonces ser feliz, responsablemente feliz. Irresistiblemente feliz, aunque alguno que otro amargado no resista ver tu sonrisa. No hagas cara de amargado, para encajar entre los amargados. No opaques tu rostro, cuando el día esté opacado. La lluvia no tiene porque doblegar tu felicidad. Entonces, canta bajo la lluvia.
¿Es fácil? No. Y así es mejor. Porque aquello que representa esfuerzo al final te da un sentido de logro. Hay muchos infelices que lo son, porque su vida no ha tenido desafío alguno. Muchos niños, que lo han tenido todo, a quienes no les negaron ningún capricho, son los futuros infelices, vaciós, frustrados del mañana, porque su vida careció de retos, de aventuras, de algo que les diera una razón de ser. No busques la felicidad en la frivolidad del facilismo. Es algo que al final te llenará de tedio e insatisfacción.
Entretenimiento no es felicidad, es distracción. Es postergar un poco la realidad. No está mal un poco de entretenimiento, pero para algunos es una enfermiza obsesión. Como una droga. Adictos por el entretenimiento. Distraídos. Solo postergamos nuestro propósito. Puedes divertirte, pero se te puede pasar la vida entera entretenido, distraído, viviendo una vida inútil.
Tu decides lo que quieres hacer, aún puedes ser feliz. O si lo prefieres, dejarte arrastrar por la infelicidad. Y la infelicidad no requiere esfuerzo alguno, solo es dejarte llevar por la corriente. Es no esforzarte, es querer ser del montón. Es conformarse y resignarse.
Hoy decide esforzarte por ser feliz. Claro está, si tu así lo has decidido. Un paso a la vez. Siendo sensible a las palabras que te pueden levantar y omitiendo aquellas que son tan solo basura. Porque las buenas palabras te puede reconfortar. Los buenos libros te ayudan a elevar tu espíritu. Las buenas conversaciones estimulan tu mente, tu intelecto, tu alma. Los chismes y las quejas solo ensombrecen tu carácter, te amargan el día. Rodéate de buenos libros, pero también de buenos amigos. Son ellos los que pelean contigo la batalla. Los que te ayudan a caminar cuando estás extenuado. Rodéate de palabras positivas, amigos valiosos y libros buenos. Desecha aquello que no te sirve. Aprende a distinguir la basura de los tesoros.
La oportunidad llama a tu puerta. Hoy es un nuevo día. No sabes si mañana estarás con vida. Pero hoy, te digo, que vale la pena intentarlo. Una vez más. Otro respiro más. Otro pensamiento que te llevará a tu meta.
Amigo, amiga: no se si algún día logres tus objetivos, no sé si algún día conquistes tus sueños. Pero por lo menos déjame saber que lo intentaste, que diste lo mejor, que diste todo el esfuerzo y que no te guardaste nada, que no desperdiciaste energía que luego ya no puedes recuperar. Que lo intentaste y corriste tu propia carrera.Que superaste tu propia marca. Tu conciencia limpia, tranquila, llena de paz, podrá decir: lo intenté y lo logré. No por los resultados solamente, sino por aquella persona que hiciste de ti misma por haberlo intentado. Te darás cuenta que habrá valido la pena. Entonces la felicidad te abrumará y podrás descansar de tu largo camino.
jueves, 1 de enero de 2015
Amanece...
Amanece
y estás despierto en otro año. SIn pedirlo, sin solicitarlo, sin
embargo, la vida te da otra oportunidad. Podría ser otro día mas, como
cualquiera. O podría ser el inicio de una nueva aventura. La vida tiene
muchos finales pero también nuevos inicios, y los inicios son la
oportunidad para llenarnos de ideales, de proponer cosas diferentes, de
crear, de planear, de saber que podemos hacer las cosas de otra manera.
La sombra del fracaso es tan solo eso, un espejismo que quedo anclado en los sucesos del año anterior. Un año que, como cualquiera, tiene altibajos, impases, tristezas y alegrías. Pero cuando pasas la página del año anterior, está en tus manos hacer que el siguiente sea algo diferente. No porque las constelaciones así lo dictaminen, sino porque tú así lo has decidido. Pues son las decisiones, las que sin lugar a dudas, nos van trazando la ruta, una ruta con mucha incertidumbre, por nuestra propia realidad humana: somos seres débiles, no conocemos el futuro. Pero lo podemos intuir, lo podemos proyectar y le podemos inyectar esperanza.
No sabemos que depara el mañana. Por experiencia, ya sabemos, que vamos a pasar por situaciones difíciles, por dificultades, sentiremos en ocasiones desmayar. Ya tenemos la experiencia de saber que esta vida en sí misma es lo suficientemente complicada, para que los "buenos deseos de la publicidad" nos lleguen a confundir. Bueno, a algunos sí. Algunos bolsillos vacíos sí. Pero el caminante experimentado sabe que sus pies sentirán eventualmente las espinas, pero tambíen ha escuchado el silencio de un bosque lleno de hojas secas.
La esperanza nos dice, sin embargo, que a pesar del mal hay noticias buenas que se esconden tras las nubes oscuras. La esperanza nos llama, susurrándonos en medio del ruido de la ciudad caótica, que un nuevo día viene. Las sombras del temor quedaron ancladas al año anterior, pero tú decides si te quedas anclado también. El caminante experimentado, el caminante de mil batallas, sabe que debe apresurar su paso. Amanece, recoge su lecho y sigue su travesía. Sabe que su destino está hacia adelante y que es necesario levantarse, no quedarse postrado. Tal vez sus piernas están cansadas, pero no es su cuerpo quien lo lleva únicamente sino el anhelo que palpita vivo dentro de su corazón. Es el sueño de que mañana será un dia mejor. Que mañana habrá esperanza para la humanidad.
El caminante experimentado, aquel que no ha bajado su mirada, solo para evadir las rocas y las trampas del camino, quien se ha trazado una ruta (o las rutas que sean necesarias) para llegar a su destino final. Este caminante, no se rinde tan fácil, lucha hasta el fin.
Amanece de nuevo, luego de dormir bajo el arrullo de la brisa en medio del bosque, bajo el gran árbol que se mece tranquilamente. Algunas hojas caen sobre mi rostro. Me despiertan junto con la luz que atraviesa las copas de los árboles. Los pajarillos madrugaron a buscar su provisión. Yo tan solo me levanto, bebo agua, recojo mi mochila y avanzo por el sendero.
Es otro día.
La sombra del fracaso es tan solo eso, un espejismo que quedo anclado en los sucesos del año anterior. Un año que, como cualquiera, tiene altibajos, impases, tristezas y alegrías. Pero cuando pasas la página del año anterior, está en tus manos hacer que el siguiente sea algo diferente. No porque las constelaciones así lo dictaminen, sino porque tú así lo has decidido. Pues son las decisiones, las que sin lugar a dudas, nos van trazando la ruta, una ruta con mucha incertidumbre, por nuestra propia realidad humana: somos seres débiles, no conocemos el futuro. Pero lo podemos intuir, lo podemos proyectar y le podemos inyectar esperanza.
No sabemos que depara el mañana. Por experiencia, ya sabemos, que vamos a pasar por situaciones difíciles, por dificultades, sentiremos en ocasiones desmayar. Ya tenemos la experiencia de saber que esta vida en sí misma es lo suficientemente complicada, para que los "buenos deseos de la publicidad" nos lleguen a confundir. Bueno, a algunos sí. Algunos bolsillos vacíos sí. Pero el caminante experimentado sabe que sus pies sentirán eventualmente las espinas, pero tambíen ha escuchado el silencio de un bosque lleno de hojas secas.
La esperanza nos dice, sin embargo, que a pesar del mal hay noticias buenas que se esconden tras las nubes oscuras. La esperanza nos llama, susurrándonos en medio del ruido de la ciudad caótica, que un nuevo día viene. Las sombras del temor quedaron ancladas al año anterior, pero tú decides si te quedas anclado también. El caminante experimentado, el caminante de mil batallas, sabe que debe apresurar su paso. Amanece, recoge su lecho y sigue su travesía. Sabe que su destino está hacia adelante y que es necesario levantarse, no quedarse postrado. Tal vez sus piernas están cansadas, pero no es su cuerpo quien lo lleva únicamente sino el anhelo que palpita vivo dentro de su corazón. Es el sueño de que mañana será un dia mejor. Que mañana habrá esperanza para la humanidad.
El caminante experimentado, aquel que no ha bajado su mirada, solo para evadir las rocas y las trampas del camino, quien se ha trazado una ruta (o las rutas que sean necesarias) para llegar a su destino final. Este caminante, no se rinde tan fácil, lucha hasta el fin.
Amanece de nuevo, luego de dormir bajo el arrullo de la brisa en medio del bosque, bajo el gran árbol que se mece tranquilamente. Algunas hojas caen sobre mi rostro. Me despiertan junto con la luz que atraviesa las copas de los árboles. Los pajarillos madrugaron a buscar su provisión. Yo tan solo me levanto, bebo agua, recojo mi mochila y avanzo por el sendero.
Es otro día.
martes, 28 de octubre de 2014
Aquel hombre
Aquel hombre dormía postrado sobre el frío andén. Una cobija era su único refugio que lo aislaba del mundo exterior, que lo afligía, que le traía a la memoria ingratos recuerdos. Una cobija raída y sucia lo cubría y un profundo sueño, un aletargamiento denso, eran su mejor antifaz contra el cruel mundo en el cual le había tocado vivir.
Y mientras dormía, alucinaba. Creía que estaba en el lugar correcto, pues su mente divagaba en mundos de ilusiones. El alucinógeno del sueño, la demencia de la indiferencia y la apatía, eran la cura temporal, de esa angustia postergada que temía confrontar.
Aquel hombre no quería despertar de su pesado sueño. Sin embargo algo lo despertó. Era la voz de alquien que él conocía. Ese alguien levantó su cobija y descubrió su rostro. Aquel hombre abrió los ojos, poco a poco, hizo la transición del mundo de los fantasmas a la realidad. Un poco sombría, pero real finalmente.
Era el rostro de alguien conocido. Era alguien que él recordaba con cariño. Era su amigo leal. Era alguien que no estaba allí para juzgarlo. No era como uno de tantos que pasaban a su lado. De esos que lo pisaban o simplemente ignoraban. No como aquellos que mirándole con menosprecio, aceleraban su paso para evitar pasar cerca de aquel miserable, pobre hombre, alguien que era indigno aún de ser mirado.
Y este amigo no lo juzgó. No lo menospreció. Lo miró directo al corazón y le dijo que se levantara. Y el hombre se levantó, un poco confuso. Y su amigo le entregó en la mano un pequeño piano. Era un piano de juguete. Y aquel hombre empezó a tocar el piano y recordó que sus manos eran hábiles. Interpretó unas notas con destreza, al punto que algunos transeúntes dirigieron su mirada a aquel hombre. Lo miraron con asombro.
Su amigo le hizo recordar que tenía su talento guardado bajo las mantas sucias y raídas. Su amigo le recordó que su talento se estaba desperdiciando en tristes sueños arrastrados en el frio asfalto. Su amigo le mostró que valía la pena levantarse de nuevo. Que no importaba su condición actual. Y es que su amigo realmente conocía como él era en realidad. No le importaba su aspecto, que era tan solo una fachada temporal. El sabía que en sus manos había un talento que valía oro. El ya lo conocía de antes. Su amigo, no se sabe cómo, lo encontró allí para decirle que aún podía tener otra oportunidad.
Fue entonces cuando aquel hombre, verdaderamente despertó.
Y mientras dormía, alucinaba. Creía que estaba en el lugar correcto, pues su mente divagaba en mundos de ilusiones. El alucinógeno del sueño, la demencia de la indiferencia y la apatía, eran la cura temporal, de esa angustia postergada que temía confrontar.
Aquel hombre no quería despertar de su pesado sueño. Sin embargo algo lo despertó. Era la voz de alquien que él conocía. Ese alguien levantó su cobija y descubrió su rostro. Aquel hombre abrió los ojos, poco a poco, hizo la transición del mundo de los fantasmas a la realidad. Un poco sombría, pero real finalmente.
Era el rostro de alguien conocido. Era alguien que él recordaba con cariño. Era su amigo leal. Era alguien que no estaba allí para juzgarlo. No era como uno de tantos que pasaban a su lado. De esos que lo pisaban o simplemente ignoraban. No como aquellos que mirándole con menosprecio, aceleraban su paso para evitar pasar cerca de aquel miserable, pobre hombre, alguien que era indigno aún de ser mirado.
Y este amigo no lo juzgó. No lo menospreció. Lo miró directo al corazón y le dijo que se levantara. Y el hombre se levantó, un poco confuso. Y su amigo le entregó en la mano un pequeño piano. Era un piano de juguete. Y aquel hombre empezó a tocar el piano y recordó que sus manos eran hábiles. Interpretó unas notas con destreza, al punto que algunos transeúntes dirigieron su mirada a aquel hombre. Lo miraron con asombro.
Su amigo le hizo recordar que tenía su talento guardado bajo las mantas sucias y raídas. Su amigo le recordó que su talento se estaba desperdiciando en tristes sueños arrastrados en el frio asfalto. Su amigo le mostró que valía la pena levantarse de nuevo. Que no importaba su condición actual. Y es que su amigo realmente conocía como él era en realidad. No le importaba su aspecto, que era tan solo una fachada temporal. El sabía que en sus manos había un talento que valía oro. El ya lo conocía de antes. Su amigo, no se sabe cómo, lo encontró allí para decirle que aún podía tener otra oportunidad.
Fue entonces cuando aquel hombre, verdaderamente despertó.
sábado, 25 de octubre de 2014
Tan débil, extremadamente débil
Cuesta aceptar que soy débil, débil en extremo.
Y todo esto por un chip malsano arraigado en mi cerebro.
Testigo falso, que miente a diario
Que dice: eres bueno, perfecto...¡Y yo lo celebro!
Pero al final del día, cansado y marchito
recuerdo mi brevedad, mi debilidad, mi torpeza
el orgullo me engaña, me seduce y embriaga
clavando el puñal de la necedad con sutileza
La vanidad inevitable se expone, vil y cruda
lo superficial como un cáncer perverso carcome
y extiende sus tentáculos de planta parásita
me asfixia hasta el alma que grita muda
Cuesta aceptarlo, mi debilidad es latente
condición que humilla a ésta ave de paso,
la dura cerviz que el tiempo doblega
Soy visitante frágil que lleva el ocaso
Reconozco que nada soy y que nada poseo
lo único que queda es mirar al cielo
aprehender sabiduría derritiendo el hielo
de este corazón duro es mi mayor deseo
Aún las flores en su frágil esencia
Son dignas de existir, así sea un instante
la hermosura se esconde en la humilde presencia
de aquel que reconoce su pequeñez constante
Me ha costado aceptarlo, soy un ser pasajero
guardo la esperanza en un cofre amado
de encontrar la luz al final del sendero
encontrarme contigo, estar a tu lado
Bienaventurado el que reconoce sin pérfida malicia
que nada necesita, que nada codicia
Quien agradece el privilegio de solo vivir
Aquel está preparado para un digno morir
Y todo esto por un chip malsano arraigado en mi cerebro.
Testigo falso, que miente a diario
Que dice: eres bueno, perfecto...¡Y yo lo celebro!
Pero al final del día, cansado y marchito
recuerdo mi brevedad, mi debilidad, mi torpeza
el orgullo me engaña, me seduce y embriaga
clavando el puñal de la necedad con sutileza
La vanidad inevitable se expone, vil y cruda
lo superficial como un cáncer perverso carcome
y extiende sus tentáculos de planta parásita
me asfixia hasta el alma que grita muda
Cuesta aceptarlo, mi debilidad es latente
condición que humilla a ésta ave de paso,
la dura cerviz que el tiempo doblega
Soy visitante frágil que lleva el ocaso
Reconozco que nada soy y que nada poseo
lo único que queda es mirar al cielo
aprehender sabiduría derritiendo el hielo
de este corazón duro es mi mayor deseo
Aún las flores en su frágil esencia
Son dignas de existir, así sea un instante
la hermosura se esconde en la humilde presencia
de aquel que reconoce su pequeñez constante
Me ha costado aceptarlo, soy un ser pasajero
guardo la esperanza en un cofre amado
de encontrar la luz al final del sendero
encontrarme contigo, estar a tu lado
Bienaventurado el que reconoce sin pérfida malicia
que nada necesita, que nada codicia
Quien agradece el privilegio de solo vivir
Aquel está preparado para un digno morir
sábado, 18 de octubre de 2014
Podría resignarme a morir
Podría resignarme a morir pero aunque cierro mis ojos, mis oídos no se cansan de oir.
Podría resignarme a que la muerte se lleve mi cuerpo en las ondas de un río solitario, con una corriente casi imperceptible que se extiende al horizonte. Pero mi piel aún siente el calor que incita mi sed. Mi vientre, como un bebé recién nacido, pide el alimento que me hace levantar del lecho y busca saciar esa hambre que de vez en cuando se asoma, curiosa, inquieta, caprichosa.
Y es que la vida me llama, me reclama, me aturde, me duerme y luego me vuelve a despertar a la mañana siguiente con la luz, quien sin pedir permiso, llega hasta mis ojos a través del cristal.
Podría resignarme a dejar este mundo, pero en la mente permanece la incógnita inamovible de aquello que aún no he conocido. La duda constante de saber si existe alguna razón de mi presencia en este universo. Si en algo puedo serle útil, si hay algo pendiente por hacer en esta agenda llena de aflicciones y alegrías, que fluyen incomprensibles, desde el corazón, desde la mente, o desde quien sabe de qué lugar recóndito de las entrañas de mi cuerpo.
Podría resignarme a dormir para siempre, pero mi cuerpo sigue vivo y mi respiración persiste por alguna razón. Y la desazón no es suficiente para pedir al cielo mi partida, si soy capaz de amar el llanto, el dolor y la derrota.
Podría dejar que el mundo viese mi partida, al fin y al cabo pocos se enterarían. Pero aún puedo escribir algunas palabras coherentes, entonar un par de canciones sentidas, caminar erguido por el parque y ver el sol tímido que juega con las nubes.
Podría resignarme a morir, pero no quiero.
Podría resignarme a que la muerte se lleve mi cuerpo en las ondas de un río solitario, con una corriente casi imperceptible que se extiende al horizonte. Pero mi piel aún siente el calor que incita mi sed. Mi vientre, como un bebé recién nacido, pide el alimento que me hace levantar del lecho y busca saciar esa hambre que de vez en cuando se asoma, curiosa, inquieta, caprichosa.
Y es que la vida me llama, me reclama, me aturde, me duerme y luego me vuelve a despertar a la mañana siguiente con la luz, quien sin pedir permiso, llega hasta mis ojos a través del cristal.
Podría resignarme a dejar este mundo, pero en la mente permanece la incógnita inamovible de aquello que aún no he conocido. La duda constante de saber si existe alguna razón de mi presencia en este universo. Si en algo puedo serle útil, si hay algo pendiente por hacer en esta agenda llena de aflicciones y alegrías, que fluyen incomprensibles, desde el corazón, desde la mente, o desde quien sabe de qué lugar recóndito de las entrañas de mi cuerpo.
Podría resignarme a dormir para siempre, pero mi cuerpo sigue vivo y mi respiración persiste por alguna razón. Y la desazón no es suficiente para pedir al cielo mi partida, si soy capaz de amar el llanto, el dolor y la derrota.
Podría dejar que el mundo viese mi partida, al fin y al cabo pocos se enterarían. Pero aún puedo escribir algunas palabras coherentes, entonar un par de canciones sentidas, caminar erguido por el parque y ver el sol tímido que juega con las nubes.
Podría resignarme a morir, pero no quiero.
miércoles, 16 de julio de 2014
Solo en ese momento
De nuevo, lo pude saber
Tal vez nunca pensé que nos fueramos a encontrar de nuevo.
Nuestra separación fue dolorosa, es verdad.
Mi mente se resistía a perdonar.
Hasta aquella vez cuando en sueños te vi y te besé.
Solo en ese momento supe que, sin quererlo, te había perdonado.
Solo allí supe que nunca te había dejado de amar.
Tal vez nunca pensé que nos fueramos a encontrar de nuevo.
Nuestra separación fue dolorosa, es verdad.
Mi mente se resistía a perdonar.
Hasta aquella vez cuando en sueños te vi y te besé.
Solo en ese momento supe que, sin quererlo, te había perdonado.
Solo allí supe que nunca te había dejado de amar.
Año 2300: la era de los artefactos
Era un panorama desolador el del planeta
tierra. La explosión de sucesivas armas nucleares en el conflicto entre las naciones más poderosas, había
dejado un paisaje lleno de ruinas,
escombros, dolor, pobreza, violencia y desasosiego. Las fuentes de energía
estaban deterioradas en el más optimista de los escenarios. El común
denominador era una lucha feroz por los alimentos y agua potable, si es que
había alguna. Las madres angustiadas mendigaban por las calles, golpeando en
las casuchas improvisadas de lata,
cartón o cualquier otro material que estuviese a la mano. Preguntaban por un
pedazo de pan, por algún suministro de líquido, para llevar de vuelta a sus
casas. En ocasiones retornaban frustradas con las manos vacías, mientras los
niños lloraban hambrientos, con su aspecto lúgubre y desnutrido.
Las ciudades estaban separadas entre sí, por
la ausencia de comunicaciones y transporte. Los vehículos tradicionales ya no
servían por la ausencia de petróleo, y la electricidad era muy limitada,
pequeños generadores reutilizados
proveían a ciertos sectores que cubrían algunos escasos metros a la redonda,
administrados por infames vividores que cobraban su servicio en dinero o
especie. En realidad el dinero había perdido su valor y el trueque había
recobrado su importancia. La gente
intercambiaba cualquier cosa que estuviese a la mano: viejos electrodomésticos,
enlatados, herramientas, vestuario, etc. Pero el bien más preciado era el agua
y en general cualquier alimento que estuviese a la mano.
La Gran Ciudad no estaba exenta de este tipo
de vivencias. Pequeñas comunidades
dispersas al interior de la misma, empezaron a surgir de forma espontánea,
agrupados según su cercanía. Vecinos que nunca se habían visto el rostro,
salieron a las calles luego de las explosiones. Los que sobrevivieron. Se
reunían semanalmente para dar cuenta de como estaban. Hablaban de su estado de
salud, de sus tristezas y angustias, se sentaban alrededor del fuego en la
noche y hablaban hasta entrado el amanecer. Los ancianos empezaron a contar sus
viejas historias, aquellas que sus nietos no habían querido escuchar, ahora se
impregnaban de gran color e interés. El entretenimiento tradicional de la
televisión y el internet ya no existía. De alguna manera, la creatividad
empezaba a desperezarse, la imaginación se aceitaba, y los jóvenes querían volver a soñar con un
mundo mejor. Había un breve destello de
esperanza que emergía en medio de esa densa oscuridad.
David escuchaba atentamente las historias de
su padre, Jonás. Se sorprendía al ver cómo el viejo había salido de su mutismo
y se había unido a este grupo de ancianos graciosos. Le alegraba verlo salir
del silencio en el cual se había refugiado desde que su madre había muerto,
años atrás de las explosiones de la Gran Guerra. Jonás era un trabajador ejemplar. Siempre
llegaba a la casa con algo para sus hijos, así fuese una simple fruta. Le
costaba expresar sus emociones, pero aun así sus hijos corrían emocionados cada vez que Karla,
su esposa, anunciaba su llegada.
David estaba casado con Sara y tenían un
hijo: Miguel. David había tenía estudios de ingeniería pero nunca pudo
finalizar sus estudios. No era muy constante en las cosas que emprendía, se
dejaba distraer con otras cosas y cambiaba sus prioridades. Había emprendido
estudios en bellas artes y era gran admirador de Leonardo Da Vinci. Le
interesaban particularmente aquellas máquinas voladoras, le gustaban esos
artefactos con engranajes, cuerdas, poleas y mecanismos complejos que le
permitiesen multiplicar su fuerza y poder volar, nadar, bucear o simplemente
romper una nuez.
Fue a través de estas tertulias nocturnas
como la comunidad empezó a recuperarse. El diálogo trajo fortaleza y ánimo.
Escuchar las voces reconfortaba en medio del hambre que pasaban. Había pasado
un año ya y muchos seguían ensimismados por su tragedia, amargados, deprimidos,
sin ganas de continuar luchando. Pero de pronto, algunos empezaron a salir de
este gran letargo, entre ellos David. Un día despertó con una idea en su
cabeza:
-
- Necesitamos
recuperar el contacto. Ver si hay gente más allá de este territorio. No tenemos
suficientes recursos, tenemos que salir-.
Algunos lo miraron con cara de incredulidad,
otros estaban atemorizados, pero todos sabían que él tenía razón. Previendo la
hecatombe, algunos habían ahorrado algunos
suministros en bodegas subterráneas y lo compartían con los demás, pero
ya se estaban agotando. Otros guardaron algunas semillas y tenían unos pequeños
cultivos que producían cosechas bastante pobres, tal vez afectadas por la
lluvia ácida. Eran alrededor de trescientas personas entre hombres, mujeres
y niños que en cualquier momento podrían
perder la cordura y comenzar a agredirse, lastimarse o simplemente dispersarse.
Pero ninguno hasta ahora se había atrevido ir más allá de las fronteras
delimitadas por las montañas de escombros, latas retorcidas y vías arruinadas.
Sentían que el peligro estaba más allá de sus límites visibles.
David habló con varias personas acerca de su
idea y solo algunos pocos le pusieron atención. Pensaron que estaba perdiendo
la cabeza o que estaba siendo preso de la desesperación. Sara, su esposa, no lo
objetó. Ella lo escuchaba y estaba decidida a acompañarlo en su travesía.
Victoria y Alex, una pareja joven que se conoció en la comunidad, decidieron
unirse. Tomás, un viejo explorador decidió que los iba a acompañar pues él
sabía muchas técnicas de supervivencia que les serían de gran utilidad.
Un día cualquiera emprendieron su aventura.
Cada uno cargaba un morral con alimentos y provisiones para sobrevivir unos
cuatro días, según Tomás. Caminaron por largas horas, pero el panorama era
desolador. Solo veían destrucción y más ruinas. Acamparon en una zona que les
pareció conocida, por un reconocido
edificio que aún conservaba parte de su
fachada. Estaban ubicados en la zona céntrica de la ciudad. Luego de caminar horas y horas sin rumbo fijo
decidieron regresar. Tomás había tomado nota de los referentes para poder
retornar y lo hicieron sin inconveniente. Cuando los vieron llegar, estaban
reunidos alrededor de la fogata, calentando algo de comida. Los miraron con un
leve asomo de curiosidad, esperando una
respuesta positiva. Sin embargo al ver sus rostros apagados y tristes, supieron
de inmediato que las noticias no eran buenas.
- -
Lo
sabía-. Dijo uno de los ancianos, - ¡Estas bombas de porquería!-.
-
¡No!-
repuso David. – Necesitamos llegar más lejos. Pero no lo podemos hacer
caminando-.
-
¡Ja!
¿Y entonces cómo?-, le interrumpió el anciano,- ¿Volando?-.
-
-Tal
vez-
David había pasado la noche en vela. Sentía
frustración pero algo en él se había encendido. Era la esperanza. Algo que
hacía mucho tiempo no hacía parte de su lenguaje ni estilo de vida. Siguió
dando vueltas durante horas en el colchón y no pudo conciliar el sueño. Se
levantó y empezó a escarbar entre algunas cajas que tenía arrumadas en un
rincón. Estuvo observando fotos de su familia, revistas, libros de su
universidad, recortes, apuntes de cuadernos. Su mente daba vueltas, estaba
inquieto, quería encontrar algo, alguna idea, una imagen, una frase que le
soltase una pista acerca de lo que quería buscar. No sabía ni siquiera lo que
buscaba, pero sabía que tenía que encontrar primero el motivo de su repentina
inquietud.
-
¡Acuéstate!-,
le dijo Sara.
- -
Luego…luego…no
tengo ahora tiempo para dormir-, le respondió.
En el fondo de una caja vio un gran libro
lleno de polvo. Era su libro favorito. Un libro con muchas imágenes de
artistas: pintores y escultores de todas las épocas. Lo había adquirido con
mucho esfuerzo y siempre lo mostraba a sus amigos cuando estaba en la
universidad. Pasó las páginas y se detuvo en su artista favorito: Leonardo Da
Vinci. El tiempo pareciera que se hubiese suspendido. Pasaba las páginas con
gran lentitud, analizaba minuciosamente cada detalle de sus dibujos, la sonrisa
esbozada de La Gioconda, los artefactos…
-
¡Los
artefactos!-, gritó.
Su esposa se despertó asustada pero no
entendió lo que había dicho. Se levantó y fue a buscar a su hijo para ver si
estaba bien. Ya había amanecido y salió a buscar algo de alimento en la huerta
improvisada que tenían al frente de su casa.
-
Tal
vez si construyese una máquina voladora, podría llegar más lejos y divisar
otras personas. Es posible que estén en mejores condiciones que nosotros-,
pensó David.
Salió a la calle y se quedó estupefacto. Todo aquel
basural de escombros que solía ser su paisaje cotidiano se transformó
ante sus ojos. Todo había cobrado vida. Eran cientos de miles de piezas de
posibles máquinas que podría construir. Eran piezas sueltas de un rompecabezas
que estaba listo para ser armado. Las
ruedas de los carros, las puertas desvencijadas, los armarios, alambres,
televisores inutilizados, todas esas piezas sueltas por ahí se podrían encajar
para hacer algo completamente nuevo. Sintió que estaban durmiendo encima de
aquello que les podría dar la salida.
Empezó a caminar de un lado para otro,
recogiendo cualquier cosa que le pareciese útil: tejas, cartones, tornillos,
latas, puntillas…y luego las dejaba a un
lado de la casa. La gente lo miraba con extrañeza. Pensaban que en realidad
estaba volviéndose loco. Ahora se había convertido en un reciclador o en un
acumulador de objetos inútiles. Todos los días pasaba con un nuevo objeto en la
mano, todo parecía servirle.
-
Otro
loco que se añade a la lista-, dijo una de las señoras que ayudaba a cocinar
los alimentos.
– Con este ya van tres que se les corre la teja en lo que vamos
del año… ¡Y parecía tan buen muchacho!-.
Sara estaba preocupada por él. David no comía
bien y había perdido peso. Ya no se afeitaba y empleaba la mayor parte del
tiempo haciendo lo mismo: recoger cosas por ahí. Ella le preguntaba que hacía, por qué lo
hacía, pero él solo la miraba de reojo y luego continuaba en su ajetreo. Su
hijo tenía unos ocho años de edad y había encontrado en la actividad de su
padre algo divertido. Le ayudaba a organizar las piezas y las clasificaban
según el material o la forma. También salía con él a caminar, a veces hasta muy
lejos, y regresaban agotados cargando una cantidad de objetos que al parecer no
tenían utilidad alguna.
Cuando pensó que ya había acumulado lo
suficiente, construyó con latas y cartones una especie de bodega, para proteger
su inventario. Tomó una vieja agenda y empezó a dibujar trazos de una posible
máquina. Estuvo así durante una semana, haciendo rayones, planeando, arrancando
hojas y comenzando de nuevo. Borraba, tachaba, reteñía y poco a poco le daba
forma a una quimera que solo podía caber en su cabeza.
Tomás, el viejo explorador, lo fue a visitar
por sugerencia de Sara. Tal vez algo de contacto humano lo haría retornar a la
cruda realidad de la cual, aparentemente quería escapar.
-
- ¿Qué
haces?-, le preguntó.
- -
¿En
realidad quieres saber? O eres tan solo un enviado especial para indagar mi
nivel de locura…-, respondió David sin quitar la mirada de su agenda.
- -
La
verdad, siendo honesto, sí tengo curiosidad por saber lo que haces. Tal vez te
pueda ayudar.
-
- Te
diré lo que hago solo si prometes que me vas a ayudar-.
-
- Es
una promesa.
David levantó su mirada y esbozó una sonrisa.
Emocionado organizó sus notas y papeles y le pidió a Tomás que se sentara.
-
- Mira.
Estoy diseñando una máquina voladora-.
Tomás lo miró con incredulidad. En ese
instante creyó que realmente David se había enloquecido, pero prefirió no
demostrarlo. Se mantuvo calmado y quiso escucharlo, tal vez como una expresión
de compasión. Pasaron mas de dos horas y Tomás lo escuchaba atentamente. Lo
miraba a su rostro, tratando de descifrar si tal vez había esperanza para él,
si habría forma de sacarlo de su locura. Luego volvía a mirar la agenda,
tratando de hallarle sentido alguno a una cantidad de dibujos, rayas, flechas,
diagramas y explicaciones que eran disparadas como una metralleta. Era mucha
información difícil de digerir.
-
- ¿Qué
piensas?-, le preguntó David.
- -
No
se-, a decir verdad no soy muy experto en máquinas. Lo mío es el campo, la
naturaleza, la exploración. No puedo negar que lo que dices es muy interesante,
pero a la vez lo veo difícil. No eres un ingeniero aeronáutico o un
constructor, pero no puedo negar que eres muy creativo. Sin embargo te he
prometido que te iba a ayudar y lo voy a hacer. Pero voy a llamar a mi hermano,
Andrés. A él también le gustan estas cosas-.
David sintió alivio. Como si una pesada carga
hubiese caído de sus hombros. Tal vez Tomás no creyese que él estaba loco, que
sí había esperanza de construir este artefacto.
Tomás salió de la casa, mientras Sara lo
miraba con un poco de desánimo. Pensaba que no había sido de gran ayuda. Vió
como David regresaba de inmediato a sus apuntes y dibujos. No se cansaba. Comía
poco. Hablaba poco. Solo su hijo le indagaba acerca de su máquina y creía todo
a lo que decía su padre. El niño era el más emocionado de todos.
Había pasado más de una semana y Tomás aún no
cumplía su promesa. David decidió que había planeado lo suficiente y era tiempo
de ponerse manos a la obra. Se encerró en la bodega y empezó a escarbar en
medio de sus objetos, escogiendo los que consideraba más pertinentes para su
proyecto. El rumor ya se había esparcido en la comunidad. Decían que David se
había vuelto loco y que ahora quería construir alguna escultura.
-
- Tal
vez el arte lo pueda ayudar a recuperarse, él es bueno para esas cosas-, decía
su padre Jonás a la gente, para distraerlos y no dar mas importancia al asunto.
-
David había empezado y su esposa escuchaba
muchos ruidos, golpeteos y en general, los sonidos de alguien construyendo
algo. Al cabo de un tiempo apareció Tomás con su hermano, Diego. Golpearon
varias veces a la puerta, hasta que finalmente se asomó David.
-
- ¡Lo
prometido es deuda. Aquí estamos!-, dijo Tomás.
-
- ¡Muy
bien! ¡Sigan y les explico!, replicó David.
Los hizo seguir y de nuevo les mostró sus
dibujos. Estuvieron allí por espacio de cuatros horas, hablando ininterrumpidamente.
Diego se iba contagiando poco a poco de la emotividad y locura de David. Le
parecía que el proyecto de la máquina voladora no era del todo descabellado.
Las cosas que proponía eran coherentes desde el punto de vista aerodinámico,
físico y mecánico. Había posibilidades de que la cosa pudiese funcionar. Al
final del día estaban tres locos trabajando en el proyecto. Sara no lo podía
creer. Sin embargo se detuvo a meditar unos instantes y pensó que tal vez, su
esposo no estaba tan loco.
La gente ahora comentaba que eso era algo
contagioso, tal vez algún virus, y lo mejor era mantener a estos hombres a
raya, caminar un poco alejados y evitar saludarlos de beso o con la mano.
Cuando comían juntos, las madres alejaban a los niños y les decían en voz baja
que no se acercaran a ellos, porque tal vez, podrían estar enfermos.
- -
Yo
sé que ustedes no entienden lo que estamos haciendo, pero créanme que puede
funcionar. Es por el bien de todos. No es un acto de locura. Es una idea loca,
pero no estamos locos-, dijo Diego.
-
- ¿Qué
están haciendo?-, preguntó alguien.
- -
Aún
no lo podemos decir. Es mejor que no lo sepan, pero a su tiempo lo sabrán-,
dijo David.
David ahora estaba más tranquilo. Los tres
hombres trabajaban incansablemente, todos los días, pero estaban alegres. Se
sentían útiles de nuevo. El proyecto los embargaba de emoción, de una pasión
que tal vez nunca habían sentido. Ni
siquiera antes, cuando todo era normal, cuando no había ruinas, cuando todo
estaba aparentemente en paz y bajo control.
Luego de tres meses de arduo trabajo el día
había llegado. Era el tiempo de probar la genialidad de estos tres soñadores.
Todos fueron llegando poco a poco para ver que era lo que habían hecho y si
este invento tendría alguna utilidad. Diego y Tomás prepararon una corta pista
en una calle aledaña. Luego abrieron la puerta de la bodega lentamente, dándole
un aire especial al acontecimiento que se avecinaba. Al fondo estaba David
metido en su pequeña máquina voladora. Tenía las alas ubicadas en la parte
superior, con la forma de un murciélago. Funcionaban con un movimiento de
aleteo y eran accionadas por dos mecanismos complementarios: uno directo por
medio de los brazos y otro indirecto con los pies a través de pedales. Un motor
auxiliar se había adaptado, para utilizarlo
cuando el piloto estuviese cansado. Tenía un sillín pequeño pero cómodo y este
a su vez se apoyaba sobre dos ruedas de bicicleta ubicadas paralelamente como
las sillas de ruedas.
La gente observaba en silencio y con asombro,
sin embargo los niños no podían ocultar su emoción y querían acercarse más para
tocar la máquina. Sus madres se lo impedían y les decían que era más seguro
verla de lejos. La máquina sin lugar a dudas no era un simple armazón de latas,
telas y engranajes. Era una auténtica obra de arte. Si no lograba su cometido,
por lo menos sería un bello intento. David había impregnado en esta máquina la
estética y la esencia de Leonardo Da Vinci. Era un digno homenaje al
renacimiento.
Sara besó en la mejilla a su esposo y le
entregó un paquete con algunas provisiones. Estaba asustada. No sabía cuan alto
esa máquina se iba a elevar, si es que realmente lo pudiese hacer, y tenía
miedo que se cayera de una gran altura. Preparó una merienda abundante y la
guardó en un cajón especial que estaba ubicado debajo de silla. Parecía un pequeño ritual para un suicidio
premeditado. Su hijo no parecía vislumbrar riesgo alguno y estaba emocionado.
Le dijo que quería ir con él, pero su padre no lo permitió. Le dijo que no
estaba seguro si la máquina podría resistir el peso de los dos, pero en
realidad no quería sufrir un percance y arriesgar su vida. El hijo tenía una
cámara fotográfica y le tomó muchas fotos. Los otros niños lograron escaparse y
también quisieron tomarse fotos con la nueva máquina. Poco a poco se fue
propagando un entusiasmo inusual. El entusiasmo de estos tres intrépidos
aventureros se había empezado a contagiar.
Se dirigieron entonces a la improvisada pista
de despegue. Diego y Tomás se hicieron a lado y lado del sillín, y empezaron a
empujar la máquina. Mientras tanto David pedaleaba con todas sus fuerzas. Las
alas se movían con una armonía sin igual. El animal mecánico cobraba vida y su
vigor se iba incrementando paso a paso. La velocidad del aparato superó a la de
los corredores y escapó de su alcance. Lentamente el artefacto se elevó, con
algo de torpeza y dificultad debido a cierto viento que se presentó
repentinamente. Sin embargo no se detuvo. Siguió elevándose cada vez más hasta
levantarse imponente en medio del firmamento. La gente gritaba de emoción.
Había lágrimas, abrazos, risas y muchas ganas de celebrar. David se perdió en
el firmamento, hasta desaparecer en la distancia. Era una proeza, un logro que
daba aliento, ánimo, una buena noticia, un destello de esperanza en un mar de
tristeza.
Pasaron varios días y no llegaban noticias de
David. Su esposa estaba triste pero Tomás estaba muy pendiente de ella. Todos
los días pasaba a visitarla. Le recordaba que su esposo era un héroe y a la vez
un genio. La máquina estaba perfectamente concebida y no les iba a defraudar.
Su hijo no tenía temor alguno y sabía
que su papá prontamente regresaría con algún regalo especial para él, así como
lo había prometido. Les dijo que la
noche anterior había soñado con un águila gigante que llegaba hasta su casa y
se posaba en el tejado. Cargaba en sus patas un canasto con alimentos. Y que luego veía que no era
una, sino miles de águilas que iban y venían trayendo muchas provisiones
regalos desde lugares lejanos.
Había pasado un mes y la gente había entristecido
de nuevo. Los embargaba la nostalgia y los recuerdos, el duelo de la guerra
seguía latente. Pero lo que mas le afectaba en ese momento a todos era la
ausencia de David. Pensaban que, definitivamente había caído en medio de la
nada, se había accidentado, o simplemente se murió de hambre y cansancio en el
camino. Estaba a punto de ocultarse el sol, cuando el hijo de David empezó a
gritar señalando el horizonte:
- -
¡Mira
mamá! ¡Un águila!... ¡El águila que vi en el sueño!
- -
¡No!
¡No es un águila!-, respondió Sara. -¡Es David! ¡Ha regresado! ¡Está vivo!
Todos los vecinos salieron a la calle. La
máquina voladora se acercaba con majestuosidad, planeaba como un ave cazadora
en busca de su presa. Era sin lugar a dudas, un artefacto hermoso, genialmente
concebido. Las lágrimas afloraron de nuevo, la emoción fue total, había valido
la pena.
David les dijo que estuvo en el aire durante
cuatro días. En ocasiones pedaleaba, luego descansaba. Reconoció que la
catástrofe era inmensa, pero que la naturaleza estaba resurgiendo en algunos
lugares. Cuando logró ver gente hizo su
aproximación pero su aterrizaje fue bastante accidentado por lo que tardó un
buen tiempo reparando el artefacto. Lo recibieron con mucha alegría y le
preguntaron desde donde venía. Ellos tenían buenas provisiones y ya tenían
algunas plantaciones mejor organizadas. Estaban sorprendidos porque ellos
tampoco habían hecho contacto con gente cercana. Mostraron un gran interés en
su aeronave y le pidieron que regresara, si fuese posible, que trajera otra nave
para ellos, estaban dispuestos a comprarla.
Sara, su hijo, Jonás, Tomás, Diego y todos
los demás escuchaban estupefactos, felices, curiosos y sorprendidos. David
trajo algunas provisiones: frutas, granos y algo de carne. Estaban felices por
ver algo distinto. Ya estaban hastiados de enlatados. David les dijo que ahora
iba a empezar a trabajar en la construcción de una segunda máquina voladora,
pero que también comenzaría el diseño de
un vehículo terrestre. Muchos hombres y mujeres se vincularon a este nuevo
proyecto. Ahora eran muchas manos las que estaban dispuestas a colaborar. La
gente empezó a creer que mientras estuvieran con vida, podrían sentirse útiles
y construir de nuevo su país, aprendieron a ver con los ojos de David, en los
basurales, en los escombros, siguieron hallando engranajes, ruedas, alas,
mecanismos, piezas sueltas que fueron encajando poco a poco.
Establecieron contacto con nuevas comunidades
y las distancias se acortaron de nuevo.
Construyeron muchos aparatos que fueron de gran utilidad para otros pueblos y
regiones. Ellos se hicieron famosos, fueron llamados “La comunidad de los
artefactos”. Sus inventos no eran nuevos, a decir verdad, pero eran creativos
pues construían con elementos que estaban disponibles, con la destreza de sus
manos y la estética de los pintores renacentistas. Eran obras maestras de arte
y aparte de esto, funcionaban. Esto ocurrió en el año 2300, en la era de los
artefactos.
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